Tale IV (·Parte II·)

"The Story Of The Dreamy Woman"


El noble bardo llevó a la muchacha a su reino, acogiéndola en el seno de su familia de clase media-alta. La jovencita, aún dormida, se mantenía encerrada por Morfeo, en el infinito sueño en el que la tenía sumida.

- ¡Oh, amada mía! ¿Por qué no abres los ojos? - preguntaba el bardo apenado, tras dos años de espera, quedando a su lado, sentado al borde de la cama. - ¿No veis acaso, lo mucho que os amo? ¿Acaso no sentís cuan desgraciado me siento sin veros brillar, sin escuchar vuestra dulce voz? Por favor, mi amor... despertad.

Y aún rogando a la joven dama, ella por más que quisiera, no podía escapar del velo de Morfeo. Los criados y toda la casa del noble bardo, creyeron a su joven señor loco, pues se decía que la joven se hallaba tan pálida, que parecía muerta en su lecho y aún así, él no dejaba de cantarle cada día, de rogarle que volviera a su lado; sin embargo, no dependía de la joven, sino del dios Morfeo, quien la mantenía prisionera. Así pues, el joven bardo imploró a Selene, diosa de la Luna:

- Esplendorosa Selene, luz de Luna necesita mi amada, pues no despierta de su letargo... Morfeo me la ha robado y ahora, solo permanezco a su lado...
- No temas, mortal. - Respondió la diosa, mostrándose como una estrella en la oscuridad de la noche. - El siervo de Shar, no tendrá dominio alguno sobre vosotros, amantes. Pues en la muerte nada os separará...


Sin entender apenas nada, el bardo dio gracias a la diosa, mientras ésta desaparecía.

Pasaron años después, el noble señor, ya entrando en los treinta años, no quiso volver a invocar a la diosa que años atrás había visto ante él. Permaneció junto a su joven mujer, acariciando sus mejillas, besando sus carnosos labios... buscando una posible respuesta que no llegaba nunca.

Mientras, la lucha entre los dioses continuaban incesantemente. No había descanso.

Una noche, el joven soñó... soñó que la veía en un lugar idílico. Un bosque iluminado por la luz lunar, inmóvil frente a una fuente. Su piel era blanca como el mármol, sus ropajes ondeaban con la brisa nocturno, en un azul apagado, al igual que sus cabellos rizados.

Estaba allí. La había vuelto a ver. Corríó frenético hacia ella... la respiración se cortaba con cada paso que daba. Sentía que todo daba vueltas; pero la visión de su amada continuaba delante de él, incitándole a continuar y... cuando al fin logró tocar uno de sus brazos, abrió los ojos sorprendido al sentir su piel fría como la misma piedra.

Ella no se giró, permaneció quieta sin decir palabra alguna, sin siquiera pestañear. Observándola detenidamente, se percartó de que su amada había sido convertida en piedra; sin embargo ella parecía observarle y sus cabellos y ropajes se movían con el rumor del viento. A los pies de la mujer, un pergamino decía:

"No he podido más... deseaba escuchar tu voz... deseaba tocar tu cuerpo cálido... deseaba perderme en tus ojos... deseaba que inundaras mi mente con tu saber... deseaba tantas cosas.
Sin embardo, ahora me doy cuenta, de que nada es lo que parece; pero la nada se ha roto.
Me han engañado y me han arrebatado aquello que andaba buscando...... te encontré... y te alejaron de mi lado. No soporto este vacío. Pero, no me arrepiento de haber compartido en sueños contigo mis risas, mis lágrimas y todo cuanto soy.
Ahora, podemos estar juntos...ahora podemos estar juntos... no tengas miedo, yo estoy contigo..."

A medida que leía, sus oídos se llenaban de la melodiosa voz de su amada; por lo que dejando caer la carta sobre la mullida alfombra verde, el bardo se giró y halló a su amada. Incrédulo, pasó ambas manos por su rostro, era cálido; pero a la vez traslúcido... y de un brillo tan hermoso, como el que poseían las estrellas que centelleaban en el firmamento. Sus ojos lo observaban con ternura, con amor, con todos aquellos sentimientos que la hacían especial ante él.

Lentamente, abrazándose mutuamente, fundieron sus labios en el silencio de la noche, empezando ambos a desaparecer en la oscuridad del lugar.

Años han pasado desde entonces. Y aquí me encuentro, en la ciudad donde ese mismo bardo vivió durante tantos años, aguardando junto al lecho donde su amada restaba en letargo.
Muchos son los rumores que empapan esta historia. Los que aseguraban conocer al noble señor, le llamaban Âmon, quien con su música alegraba los corazones de los demás; pero que por desgracia acabó suicidándose al no poder escuchar la voz de su amada, recibiendo ésta el nombre de Tiphareth, quien era su más viva inspiración para sus tonadas. Muchos otros afirman que, tras aquello marchó con el cuerpo dormido de la joven, a tierras lejanas, para encontrar a los dragones benignos y que ellos le ayudaran a despertarla. Sin embargo, todo coinciden en que ambos cuerpos, desaparecieron de la habitación en la que se encontraban...

Aquí, en los bosques próximos a la ciudadela, tallaron en un árbol la figura de ambos amantes, compartiendo aquel último beso. Éste humilde bardo, sólo se encarga de recordar esa vieja historia de amor; una historia de un antiguo compañero de oficio pues, somos nosotros, los bardos, quienes más tendemos a la sensiblería propia de tales historias. Sintiendo que entre éstos grandes árboles, entre el rumor de la brisa nocturna que mece sus copas con suavidad, corren felices y despreocupados, protegidos por la magia de Selene, en noches donde la Luna muestra su mayor esplendor.

Quizás haya tiempo para más historias; pero...dejad antes una pequeña contribución en el sombrero de este humildísimo bardo, mientras pienso en como podría deleitaros con mi siguiente obra.

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