Tale VI

"El Regreso"


Dos mil novecientos ciclos fueron aproximadamente los que pasaron desde que me marché de esa ciudad. Y todo, por aquello que estaba buscando...: algo que ni sabía que era en realidad. Y la pregunta resonaba en mi mente, como el goteo incesante en las húmedas cavernas de aquel entorno que detestaba. ¿Qué demonios buscaba? Ni la más remota idea asomaba en mi mente; pero algo me impulsaba a seguir, pues tenía la firme esperanza de que aquello que en el presente resultaba desconocido, una vez estuviera ante mis ojos, sabría su significado y el porqué de todo.

Al principio fue duro; pero llegué a acostumbrarme, pues de no hacerlo, moriría en los túneles laberínticos de la Antípoda y eso, era un impedimento para mi búsqueda, la verdad. Pude aprender a sobrevivir, a convivir conmigo misma y con el silencio que, por condición, era necesario para lo citado en primera estancia. Esto último, hizo que me centrara en aspectos mucho más prácticos, dejando la música para cuando llegara a la ciudad o emplazamiento defensivo.


Sin saber qué hacer, comencé, tras enfrentarme con un ojo ocular, a inspeccionar el cadáver y determinar su organismo interno, resultando de lo más interesante e instructivo; aunque también algo inmundo. No es agradable ver por dentro a una criatura así. Pese a ello, logré conseguir en perfecto estado los ojos de sus tentáculos, al igual que el central, pues escuché que vendiéndolos en escuelas de magia, podía conseguir algo con lo que pagar mis futuros caprichos.

Y con un ojo ocular, comencé mi bestiario. Llegué a recopilar información acerca de la vida, reproducción, sociedad, alimento, huellas y diversas curiosidades de criaturas que mataba u observaba desde mi invisibilidad. Este nuevo “entretenimiento” estaba bastante bien pagado y, aunque no me guste decirlo, llegué a cooperar con gente de la peor calaña, con tal de poder costear mis viajes, monturas, libros...: todo, en pos de encontrar “eso”.

Con el bestiario ganaba lo necesario para comer y alojarme en las ciudades; pero no pasaba más de siete ciclos en ellas...: cautela, era lo que aprendí durante mis viajes y si era necesario, buscar un lugar pequeño y resguardado entre los huecos de las paredes, no era mala opción; aunque siempre se prefiere un lugar resguardado que la Antípoda, por lo que solo recurría a esto, cuando veía que mi fama como investigadora era demasiado llamativa.

Me había convertido en una erudito, o al menos, eso pretendía. En las ciudades, pasaba mi tiempo entre libros, indagando más información... muchos me confundieron con una aprendiz de magia; pero ni por asomo. En mi tiempo libre, cuando la ocasión lo premiaba, sacaba mi violín, y deleitaba los oídos, siempre en centros concentrados y bajo disfraces de colores vivos. Si caía alguna que otra moneda, mejor que mejor, sino... bueno, ya ganaría vendiendo mis conocimientos.

Geometría, arquitectura, ciencia... todo cabía en mi mente; de hecho, los planos acerca del objeto volador, que podía construirse con la cubierta fina y delicada que los mantos oscuros utilizaban para flotar mágicamente, se vendieron a los que más pudieron pagar por ellos...; principalmente las grandes casas, para desgracia de muchos. Y, me sorprendió el hecho de que, una de las casas menores me encomendara el plano para una capilla. ¡Hubiera resultado todo un honor... sino fuera porque, una de las cosas que figuraba en mi lista negra, fuera Lloth! Aún así, pasaba por una época bastante tumultuosa y necesitaba el dinero.

Menzoberranzan, Mantol-Derith y bordeando las ciudades duérgars y svirfneblin, más por seguridad que por miedo, dado que las guerras eran constantes, tras cerca de ciento ochenta y seis ciclos de viaje y alguna que otra herida, arrastrando a mi montura, llegué a Puerto Calavera.

Mi bestiario se amplió en ese último viaje, que bien creí que podía ser el último; pero como bien dijo Deseodejuglar, me acompañaba la “Suerte del bardo”, que en momentos críticos, siempre estaba allí... por una desconocida razón. Cuando no tuve agua de la cual beber y mi montura estaba a punto de morir por inanición, encontré una caravana abandonada y, al parecer, recién saqueada a la cual, dejaron con víveres suficientes para bastante tiempo, salvándonos a mi pequeño lagarto de monta y a mi de un fin, bastante ridículo.

Aquel monstruo era la única compañía que podía permitirme; además de las vísceras de aquellas criaturas, lo suficientemente ilusas como para señalarme como su enemigo. Claro que, duérgars, svirfneblins, azotamentes...: no, ellos eran diferentes. En especial los svifneblins. Había trabado bastante amistad con ellos, desde siempre y, resultaba algo grotesco imaginarme siquiera a uno partido en dos, mostrando sus vísceras... No, realmente era muy grotesca aquella imagen en mi mente.

Los duérgars eran aguamiel de otro barril... uno más amargo; simplemente, me mantenía oculta en las paredes, quieta, hasta que pasaran y pudiera continuar. No quería problemas y, no daría pie a discusiones sin sentido. Viajaban normalmente en grupo y, estaban lo suficientemente armados como para no mostrarme siquiera. Mi curiosidad acerca de su sociedad, vida... y... bueno, interior biológico, no podía compararse al respeto por su magia y artesanía. Mejor dejarlo estar. 

Por último, no encontré azotamente hostil en los túneles, quizás estaban lo suficientemente ocupados en sus ciudades, como para perder tiempo en túneles superiores; aunque sí vi varias caravanas y, llegué a intercambiar objetos por comida. Sí, otra ola de suerte vino a mí en tiempos de necesidad; pero, no me acostumbraba aún a ello. Además de que sabía su interés por mi trabajo, tanto, que les vendí varios de mis dibujos esquemáticos que mostraban los órganos interior de los terrarones...: no, no... antes de que me preguntéis, no vencí a ninguno; pero sí que encontré un cuerpo, recientemente muerto que pude explorar con detenimiento. Lo curioso, es que me preguntaba qué tipo de criatura podría atentar contra aquella mole y si se encontraba cerca, en vez de salir corriendo, antes de que, mi segunda suposición fuera cierta... por suerte, no ocurrió nada; pero, por las heridas que presentaba el cazador cazado, debió ser un monstruo imponente.

Durante esos interminables ciclos, que según mis cálculos sumaron alrededor de ocho años, estaba buscándolo..., buscando aquello que esperaba encontrar, pasara lo que pasara; pero, sin dar con ello, volví sobre mis talones; aunque no literalmente. Gracias a labrada reputación de “cirujana”, logré hacer algunos trueques para conseguir un pergamino de teletransporte hacia Menzoberranzan.

Aquella ciudad no me deparaba absolutamente nada. De hecho, no volvía desde... bueno, desde hacía tres décadas. Deseodejuglar murió en relativa paz, y digo relativa, porque según su único hijo, se había dibujado una sonrisa con una daga él mismo, en su lecho de muerte...; pese a su locura, me había ayudado bastante en el pasado y, presente frente a su tumba, un montón de piedras frente al Donigarten, oré silenciosa para que, por si pudiera, Eilistraee, los Seldarine... o incluso los dioses medianos, se apiadaran de él. No quise siquiera pisar, el desastroso Braeryn...; pero si que pasé por Eastmyr para dejarme ver y dar una donación a los hijos de Symeera, que, como era normal, con el paso del tiempo, se habían convertido en hombres y mujeres, dejando atrás su infancia. Encaminando mis pasos hacia el puerto, supe bien mi destino cuando entregué las monedas que quedaban en mi bolsa, llena de pergaminos y libros.
- Bel’Aragh.
- ¿Nombre...?
- Asse Renor...
- Vaya..., que sorpresa. No esperaba que fuera una mujer...
- ...
- Ah sí... tome...

Sí, como siempre estaba encapuchada cuando entraba en las ciudades, a excepción de si pasaba alguna sacerdotisa y me pedía “amablemente” que me deshiciera de la prenda, apenas mostraba mi cara.. y mucho menos, algo que me delatara como mujer. Supongo que, fue algo que acabé arrastrando de Shinna. Al fin y al cabo, solo los que se consideraba importantes en nuestra sociedad: matronas, sacerdotisas... y, rara vez algún que otro maestro de armas o mago..., sabía mi verdadera identidad como mujer. Todo, por no llamar la atención y, Asse Renor, mi nombre otorgado en la superficie, era el ideal para hacerme pasar por un hombre; aunque claro, esto, para algunas sacerdotisas, supuso una falta de respeto que, pude solventar con algunos de mis conocimientos.

Bel’Aragath.

Volvía después de casi una década a aquella ciudad y... ¿Que, por qué? Bueno, el viaje de vuelta al Hogar, resultaba muy fatigoso, además de peligroso como para hacerlo sola y, no podría volver hasta dentro de mucho tiempo. Sabía que lo que mi corazón buscaba estaba allí abajo y, sino lo había encontrado en los alrededores de las ciudades que había visitado... sería porque no era el lugar indicado. Aquel cosquilleo de curiosidad nació en Bel’Aragh... y quizás sería en ella y no, en otra ciudad, donde debería comenzar a buscar. Desconocía si había surgido algún cambio; pero durante el viaje en barco, escuché que una sacerdotisa de Menzoberranzan, había ido a visitar a la casa regente de Bel’Aragh, ergo... algo se estaba cociendo.

Caminando durante cerca de nueve ciclos, llegué ante las puertas de la ciudad y, me sorprendió ver como las patrullas se habían intensificado, además de duplicado y, sino fuera porque entré junto a un cargamento de esclavos, me hubieran detenido para interrogarme, tal y como hacían muchos otros tras aquella caravana.

Observando a los desafortunados que entre jaulas me miraban, unos con odio y otros con pena, me detuve, una vez pasé el punto de control de aquellas puertas metálicas.

- De nuevo aquí... – susurré alzando la mirada bajo mi capucha, mientras ajustaba los pliegues de mi capa, manteniendo mi torso cubierto.

Caminando con lentitud, entre el gentío me aventuré hacia el bazar, donde poder asentarme en el elfo empalado y descansar. Al siguiente ciclo, iría a la caverna donde los esclavos extraían mineral... y en el remanso apartado, frente al abismo oscuro, rezaría y meditaría acerca de los posibles caminos que pudiera tomar en aquella ciudad, llena, como cualquier otra metrópolis drow, de intrigas y maldades; pero aquella vez, no resultaría tan evidente mi delicada postura... o al menos, eso deseaba. 

Por encima de todo, debía de actuar. Actuar, era sobrevivir.



//Ambientación de D&D.
 Publicado en: La Marca Argéntea\\

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