Tale VII

"El Eco de la Ondina"


Tras su experiencia en la biblioteca no quiso volver allí en un buen tiempo, por lo que aprovechó para regresar a la facultad y cambiarse, poniéndose un vestido rojizo, de telas más finas que el conjunto que había llevado aquel mismo día….; sin embargo, lo más extraño es que, salió del salón de convivencia de la Ogmios descalza y sin dirigir una sola mirada a nadie.

Se mantuvo caminando sin mucha prisa por el centro del sendero que llevaba al bosque, bajo las muchas miradas que recaían en ella: bien por su belleza, el estar descalza o la ropa que llevaba puesta. Más la suya quedaba ausente, cómo si algo la estuviera impulsando a caminar.

Las sedosas telas de su vestido, al igual que sus cabellos…, ahora rojizos por el resplandor del sol del atardecer, ondeaban tenuemente con la cálida brisa del que ofrecía aquel ocaso, entretanto se desviaba del camino para seguir el murmullo de los riachuelos que, aunque lejanos para el oído inexperto, ella percibía perfectamente: cada salto de agua, cada corriente, cada arrastre de las pequeñas piedras…

La flora del lugar la maravilló de sobremanera, haciendo que deslizara sus manos por arbustos, enredaderas, mientras sus pies palpaban la tierra que, al contrario que la calzada de la universidad, permanecía húmeda y apetitosa en esos días de calor. Y entonces, cruzando una pequeña ensenada llena de flores, logró alcanzar aquel delicioso sonido que le había servido de guía para llegar hasta allí.

El agua cristalina que corría rauda entre los múltiples riachuelos le pareció tan ideal y pura, que no pudo reprimirse para quedar sentada y con los pies metidos en su interior. Aquel susurro continuó constante, mientras ella sonría con los ojos cerrados, comenzándolo a acompañar melódicamente con su voz cual sirena, entretanto movía los pies de delante hacia atrás.

Podía respirar la paz que envolvía a aquel lugar y fue aquello lo que le transmitió la tranquilidad suficiente, como la entonar sin vergüenza alguna aquella canción: la misma que la condujo hasta allí… pareciéndole uno de los extraños sueños que solía tener. Sus ojos se mantuvieron cerrados, quizás concentrándose en el sonido del agua, quien se convirtió en portadora de su voz, expandiéndola por las cercanías.

Sintió como algo le rozaba uno de sus pies, al igual que creyó escuchar algo entre los arbustos; pero se mantuvo tranquila, continuando con su entonación, dado que estaba en terreno seguro y la verdad, no quería pensar en si había alguien escuchándola o no.

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