Poema XXIV

Hasta siempre, Abuela.

Lágrimas que caen, marchitas en lluvia fría e invernal,
emisarias de una profecía cuyas páginas deseaba arrancar
solo para negar, para aplazar, para acallar su final.
 
La más profunda desesperación me aparta, lejos de aquí,
porque ni flores, ni agua, ni rastro alguno de sosiego
podría jamás, en ninguna otra vida, volver a anidar en mí
tal y como hizo su huella, antes de terminar su juego.

Bellas damas que tiñen su rostro de una profunda amargura
comparten conmigo sus besos, y también abrazos,
buscando un consuelo que yo solo encuentro en mi escritura.

Sábanas que son testigos mudos de mi actual sufrimiento
me abrazan y amparan, en un confortable lecho,
mientras yo anhelo encontrar algo del perdido aliento
que ella dejó en nosotros, cuando se apagó su pecho.

No quiero su descanso en nubes blancas y esponjosas,
simples ejemplos recurrentes en la más fácil prosa,
sino el sueño eterno de un fugaz vuelo de mariposas.

Porque libre ahora ya es, surcando por igual mares y cielos,
sin viles cadenas terrenales, ni oscuros desacuerdos.
Porque, tras tantos años, ha podido reunirse con mi abuelo,
y ahora la esencia de ambos, en conjunto, anidan en mis recuerdos.


Dedicado a mi abuela que, a sus ochenta
 y tres años,  falleció el 17/01/13.