De Viajera a Creadora:

¡Buenas tardes, soñadores!

Aquí me hallo de nuevo, para sentar las bases de un argumento que he ido puliendo con el paso de los años y que, de seguro, responderá a las preguntas que muchos de mis allegados me han formulado en más de una ocasión. Ya fuera por una razón u otra, en mi continuo énfasis por acallar falsos rumores o información descompasada a la realidad que me envuelve, he querido hacer mención a esa cuestión antes de adentrarme en temas trascendentales como podrían ser relatos, poemas y otras tantas vertientes artísticas de mi mente.


  “¿Por qué escribes”?

Una pregunta que, durante muchos años, innumerables voces han formulado a lo largo de los escenarios de mi vida y que, aún no encuentra una respuesta veraz, sin titubeos o cambios de última hora.

Es gracioso como debería de resultarme fácil el hecho de solventar esa pequeña duda de manera oral, porque la respuesta la tengo clara en mi mente;  aunque, en realidad nadie se ha quedado a escuchar el final de mis argumentos, una vez empiezo a hablar, o siempre surge algo que me termina desviando del tema principal. Y es que, no es para menos que al iniciar mis explicaciones los poco acostumbrados a ellas terminen por aburrirse, buscando un mejor y rápido entretenimiento: suelo explayarme demasiado en los detalles. Pero, ¿acaso no es por medio de éstos que algo nos atrae o impresiona?
Desde niña he sido alguien retraída y tímida, puede que por algún trauma que no logro recordar con claridad o porque, simplemente, no me agradaba llamar la atención de los demás por miedo a meterme en problemas. Supongo que eso hizo que me replanteara la realidad desde otro punto de vista y me resguardara en otras más dadas a mi naturaleza. Como todos los niños, supongo que rebosaba de un nivel de creatividad e imaginación dignas de ser mencionadas.


Una vez subida a ese tren, los libros fueron la primera y gran estación que visité para desquitarme de la crueldad desmedida de mis iguales. En ellos encontré las puertas y ventanas que necesitaba para ser yo misma y al abrirlas, de par en par, sentía que podía respirar con calma, sin miedo a ser juzgada o ridiculizada. En esas páginas hallé lo esencial para armar el petate e irme a recorrer mundos bajo la piel de esos personajes: aventuras, misterios, amores imposibles, sueños que cumplir…  y con sus héroes y villanos aprendí, en gran medida, lo que mi entorno no me brindaba. Con cada coma, punto y separación entre palabras, más se expandían esos universos en mi mente y a más leía, más se fragmentaban para nutrir el árbol que representaba mi imaginación.  Y no solo disfruté de novelas juveniles a una muy temprana edad, sino que también me empecé a internar en el universo del manga japonés, así como de recordar los viejos cuentos tradicionales que nos transmitían nuestros padres y abuelos.


  
Cierto que esa introversión no fue tampoco demasiado óptima, pues las malas elecciones y compañías seguían allí y ante la inexperiencia de lazo sociales, con cada desengaño real que me azotaba, más me sumía entre montañas y montañas de libros, supliendo las necesidades comunicativas que debía tener una niña de ocho años para su desarrollo cognitivo total.  La cuestión, es que me gustaba mucho más estar en compañía de mis libros que en la de otros niños, porque sabía que no podían llegar a compartir conmigo ese estrecho vínculo que había creado con mis amigos de papel y tinta. Era una época muy difícil; pero no la más difícil de mi vida. 

Luego, llegó la etapa de los videojuegos: una ventana a diversos mundos en los que tú, realmente, eras el protagonista. Cada acción, cada movimiento, cada elección era tuya, y he de decir que aún llego a sentir ese cosquilleo cuando estoy frente a la pantalla del ordenador, o cuando tengo ante mí el televisor con los créditos de la consola pasando ante mis ojos. Era un tipo de experiencia diferente a la de los libros; pero muy real y que también me sirvió para fomentar en cierto grado mi creatividad. Ser consciente de paisajes increíbles, de la profundidad de los personajes, de llegar a sentir esa empatía con su psique, de discernir las intenciones reales del villano de turno y también, ser parte de ese grupo de aventureros y decidir si tomar un camino u otro. Era una realidad alternativa, un mundo lejos del nuestro con sus problemas y devenires, donde daba igual realmente lo definida que estuvieran las cosas: tú estabas ahí dentro, y lo veías tan claro como el cielo azul en primavera. Eras el protagonista, y esa era una forma más de dejarme llevar lejos de los malos comentarios, de las pullas, de los motes despectivos. Descubrí una nueva vía de escape y la aproveché.


No obstante, habiendo cruzado ya esas fronteras, el verdadero peso de no haber socializado era cada vez mayor. Familia, amigos y estudios se tambaleaban mientras lo único veraz y cierto para mí era la fantasía y el heroísmo. Tal era así, que empecé mis andadas hacia proyectos más ambiciosos, hacia algo más propio... ya no me conformaba con jugar o leer historias cuyo final ya preveía o no terminaba de cuadrar dentro de mi tabla de gustos personales. Armada con un cúmulo de recuerdos, sugestiones, papel y lápiz para ello, comencé mis primeras creaciones. Eran retazos incompletos, fragmentos de mis antiguas experiencias leídas o jugadas, hasta que finalmente iban cogiendo forma. 

Cuando reviso los antiguos registros de mis aventuras, sonrío al darme cuenta de por qué no cesaba de innovar, crear y modificar. Eran tramos poco profesionales, nada enfocados a una carrera de filología como pensaba en un inicio hacer, ni tampoco destinados a ser presentados en concursos para, de ahí, lanzarme a ser una figura pública. Lo que verdaderamente me impulsaba y me impulsa a escribir, es la fácil capacidad para hacer que otros vean lo que yo quiero que vean. Crear desde cero una idea, modificarla, que sea parte de uno mismo y que esa misma fluya hacia otras personas, siempre con el fin de que formen parte de mi creación, es lo que realmente me motiva a la hora de escribir.
El mutismo y la timidez que tenía siendo niña ahora han sido atenuados, por el paso del tiempo, la experiencia ganada y la propia maduración de mi ser. Y todo cuanto quería decir entonces y no pude, ahora me fuerzo a volcarlo en cada escrito inmaduro, en cada verso mal estructurado, en cada sueño que me preocupo en imprimir desde mi propia alma. Deseo que otros sean partícipes de cuanto pueda ofrecerles…, de que, a pesar de no ser mucho, les ilustre, les sirva, les motive para tomar las riendas de lo que realmente quieren hacer o que, simplemente, se diviertan con lo que pueda transmitirles.

Por eso es por lo que escribo:

Dejé de ser una Viajera, para pasar a ser una Creadora de Mundos.

2 comentarios:

  1. Creadora de Mundos, me encanta esa definición, mmmm, me da que habrá que pasarse por aquí a cotillear un poquito, volveré a ver que es lo que crean tus deditos, miles de besossssssssssssssssss

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  2. Susurros de Tinta, es un placer verte por mis dominios. Por favor, acomódate todo el tiempo que quieras.

    Siempre agradezco la compañía ;3

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