Tale IV (·Parte I·)

"The Story Of The Dreamy Woman"

La niña bajo el árbol dormía plácidamente. No escuchaba las advertencias de su madre acerca del viento que venía del norte, ni tampoco las risas de los niños que jugaban deslizándose por la colina cercana, tampoco el pasar de las hojas del libro en su regazo por la brisa primaveral y mucho menos el rumor de las hadas danzar en la copa y el tronco de aquel árbol.

La pequeña subía cada tarde a aquella colina, donde el árbol quedaba en la cima. Se sentaba, apoyando la espalda en el tronco, abría el libro de cuentos y comenzaba a escribir.
Aquella niña soñaba con ser una gran escritora algún día y pensó:
- ¿Qué mejor que cuentos infantiles para empezar mi carrera?

Sin embargo, durante el día ejercía un pesado trabajo en casa que se extendía a veces hasta cinco o seis horas, por lo que la pequeña acababa exhausta y, justo cuando empezaba a imaginar, Morfeo dejaba caer sobre su cabeza sus polvos mágicos y la pequeña caía en un profundo sueño.

Tales sucesos se repitieron durante toda su adolescencia. Los sueños la llevaban a paisajes oníricos y de gran belleza natural, reconfortando su alma; pero la joven cada vez que soñaba, buscaba algo; no sabía qué podría ser. Al faltaba en su vida.


Primero lo buscó en casa, luego en la pradera, en los establos, en la fuente, en cada copa de los árboles... pero no halló nada. Morfeo, que siempre había estado enamorado de ella, hacía que cada vez visitara con más frecuencia el mundo de los sueños prometiéndole que en ellos encontraría lo que buscaba. Las ansias de encontrar aquello que no sabía, la hacían ir a la colina más de una vez; pasando toda la noche allí y despertando al día siguiente. Hasta que un día, la joven no volvió a abrir los ojos.

Algunos aldeanos dijeron que se trataba de una maldición que algún mago o demonio que deseaban el alma pura de la muchacha. Otros murmuraban acerca de que posiblemente ella era una bruja que entraba en trance para comunicarse con los espíritus a través de sus sueños; pero ninguno acertaba.

Mientras tanto la joven continuaba buscando en sus sueños aquello que faltaba en su vida.

El rumor se extendió por todo el país haciendo que curanderos, magos, caballeros e incluso algún que otro clérigo, se lanzase a la aventura para descubrir la forma de despertarla.

Las pócimas de los magos, las hierbas hervidas de los curanderos, las palabras de amor de los caballeros y las plegarias de los clérigos de nada sirvieron.

Todo parecía perdido para la muchacha.

Entonces un día llegó un bardo montado sobre un hermoso y blanco corcel. El joven, de melena corta, ondulada y oscura como la noche se armó de valor para abandonar a su familia, de alto cargo nobiliario al escuchar la historia de una dama que cayó bajo una terrible maldición. Perdido y sin saber donde encontrar a tal dama, vagó de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, llevando canciones y poemas a sus habitantes, hasta que llegó a la susodicha, donde la mujer se encontraba.

- ¡No vamos a permitir que nadie más intente despertarla! ¡El demonio se llevó su alma! ¡Y nunca nos la devolverá!

Gritaba la madre anciana, mientras la jovencita se encontraba en la cama, con la misma edad con la que fue hechizada. Y el bardo rogando a la mujer, prometió no tocarla, pidiendo que la dejara ver, solo una vez.

La mujer cansada, aceptó, dejando pasar al muchacho que sacando su violín empezó a tocar una alegre canción. De repente la mustia y gris habitación se llenó de vivos colores que empezaron a alejar la tristeza del lugar mágicamente.

La anciana mujer atisbó una luz esperanzada en la melodía del violinista que, junto a la cama de su hija dormida, seguía tocando, cada vez más alegre en su ímpetu por despertar a la joven dormida.

Se pasó tocando día y noche, retando al propio Morfeo, pues quedaba despierto en todo momento. Ni el cansancio impidió que continuara forjando aquella música celestial, en busca del ángel callado que dormía a su lado.

Sin embargo, el joven bardo cerró los ojos y cayó a su lado, víctima del hechizo de Morfeo. El dios, quien se apiadó de la joven al verla llorar, tras años de vagar por lugares hermosos que él le ofrecía, junto con manjares y otras delicias estimulaban todos sus sentidos, y aún así no encontrar lo que buscaba; le ofreció la compañía de aquel joven; puesto que el dios no pudo complacerla al no saber que era lo que exactamente buscaba.

Una vez ambos jóvenes se encontraron, ella supo que él era lo que buscaba; y él reconoció en su belleza la inocencia de su alma. Morfeo creó para ellos un lugar idílico donde poder vivir en paz; observando el amor nacía y crecía en ellos poco a poco.

Sin embargo, Morfeo, celoso del joven bardo hizo que despertara bruscamente, dejando a su amada sola en el mundo de los sueños. Rogó al dios por volver junto a la muchacha; pero éste no cedió. Así pues, el joven, tomó a su amada en brazos y se la llevó bajo la lluvia otoñal hacia el reino donde había nacido para allí, hacerla despertar de cualquier manera...

Continuará...
 

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