El Precio de la Amistad

Presencias Fantasmales



 “No le veía la cara; pero Él iba conmigo, caminando por la calle. Recuerdo que miré al cielo y me sentía la persona más feliz del mundo. Es extraño, ¿no crees? Jamás he experimentado algo así como para soñarlo…”

Y yo sonreí, porque ¿qué iba a hacer sino?

“Quizás, de tanto que te he hablado de lo que siento por el mío, te has contagiado y eso ha hecho  que sueñes con tu chico ideal…”

* * *

Desde que aquella conversación se cerró, con la consecuente despedida y retorno a casa pasada la medianoche, quedé en mi cama con las manos entrelazadas sobre el pecho, observando la litera superior en tanto sus palabras no dejaban de resonar en las cavidades de mi mente.

Fue hace cinco años cuando ambas nos conocimos, por azares del destino, en aquella modesta clase de cultura clásica, y hasta ahora nuestra relación se había mantenido pura, sólida y firmemente inquebrantable. No obstante, sabía que las cosas cambiarían…, que no siempre seríamos solo ella y yo. Que si por mi parte había logrado mantener a un chico junto a mí durante seis años, a pesar de las muchas particularidades y defectos que poseía, ella no sería menos: que tarde o temprano, llegaría ese príncipe azul que la despertaría de su sueño para introducirla en otro.

Ella se merecía eso y más, porque una persona tan buena y cándida, tan falta de la maldad que rebosa y mancha este mundo, no podía sino merecerse algo así: algo que estuviera a su altura; alguien que se volcara en ella tanto como lo hacía yo; alguien que la hiciera sonreír todos los días y la llenara como persona; alguien que supiera apreciarla tanto o más que yo, que no supiera ver su vida sin que ella no formara parte de la misma…

Y entonces, una lágrima furtiva se deslizó por mi mejilla derecha y cayó sobre la almohada: esa noche de viernes no pude conciliar un buen descanso, a pesar del largo y tedioso día que había soportado de buena mañana.

Cuanto más incidía en dichos pensamientos, más se me empañaban los ojos.

No había incidido en ello y procuré cambiar de tema en el momento rápidamente, y con mucha razón, pues sentí sobre mis hombros esas manos invisibles y que me hicieron estremecer. En lo que llevaba de vida había sufrido la compañía de dos delicadas damas, a cuyos rostros fantasmales me había acostumbrado, para hacer más llevadera y fría la transición hacia la madurez y así ahorrarme la bienvenida de otra decepción. Ellas respondían ante mí bajo los títulos de Lady Abandono, cuyo amargo regusto acostumbraba a presionarme contra el suelo, y Lady Soledad, cuya mano temblorosa iba cerrando las puertas de mi corazón a cualquier intruso no deseado. Sin embargo ambas damas, que me habían acompañado desde mi niñez hasta más allá de aquellos tiernos diecisiete años desaparecieron, tenuemente, con la llegada de mi fiel Guerrero. Y aún amparada por su manto protector, sentía como Lady Soledad mantenía a mi corazón rodeado de espinas, de trampas mortales, de un enrevesado laberinto para cualquiera que osase acercarse a él. Salvando la posición de mi Guerrero, que se hallaba en el interior, me sentía en paz.

Pero los pequeños pajarillos que revoloteaban sobre las zarzas que eclipsaban mi corazón, donde el sol brillaba radiante y el cielo se mostraba despejado, me hicieron desear algo más. Y ante el nacimiento de dicho deseo, ladeé la mirada y mis ojos se posaron en ella: tímida, respetuosa, temerosa de todo y de todos…

Su frágil apariencia me hizo recordar esos años pasados y viéndome reflejada en ella, me armé de valor y fui apartando las zarzas con sendas manos. Abriéndoseme heridas que creí cicatrizadas, no erré en mis razonamientos y continué avanzando con el firme propósito de llegar hasta su verdadero ser, para descifrar cuan cierto era todo lo que podía ver a través de sus gestos, sus palabras… sus ojos. Y en su corazón, hallé las mismas barreras que yo había echado abajo, al arriesgarme para descubrir si verdaderamente éramos tan parecidas… … y así fue: dos gotas de aguas destinadas a estar juntas, a ser una misma.

Recordando el arduo proceso que me llevó llegar a tal simbiosis, las lágrimas continuaron emergiendo de mis ojos, diluyéndose en la almohada. A cada segundo que pasaba, sentía el abrazo de esas damas, que tiempo ha creí haber despedido con la presencia y compañía de mi pequeña Xio, combinada con el amor de mi Guerrero. Y es que, ¿era malo acaso el sentirla como mía? ¿Cómo parte de mí? ¿Acaso no sabía el precio de volver a abrir mi corazón a una posible y larga amistad?

Era egoísta. ¡Claro que la sentía como mía! Jamás había experimentado nada igual, a lo que a amistad se refería. Todos los que estuvieron conmigo una vez se habían alejado, me habían suplantado por terceros, todos terminaron con mis esperanzas de una idílica y amistosa relación, digna de las mejores y más emotivas películas de Hollywood. Y entonces, justo cuando ya perdí toda ilusión por llegar a soñar tener algo así, llegó ella, como regalo caído del cielo. ¿Era Real? ¡¿Realmente eso me estaba ocurriendo a mí?! Tan solo, para comprobarlo, me preocupé de aferrarme a ello y conservarlo. Porque si te estampas contra algo que es bueno, tienes que mantenerlo hasta que termine…

Desde siempre, la presencia de un tercero se tornó inexistente para ambas y, por ende, inocua: algo de lo que no preocuparse, porque las dos nos teníamos la una a la otra. Sin embargo ella no era una niña…, y como toda mujer, la había visto soñar y desear un romance, tal similar o parecido al que yo tenía con mi Guerrero.

Con ese sueño que ella me describió, horas antes, la maldita brecha se abrió de nuevo en mi interior…, porque con tan solo imaginarnos la una lejos de la otra, el nudo que me impedía respirar se apretaba un poco más en mi garganta, provocando el que me levantara de la cama y diera varias bocanadas.

Y allí estaban ellas, las dos damas, quienes me abrazaron, acunaron y calmaron.

Era egoísta. Era egoísta, porque me rehusaba a entregar a mi pequeña Xio a cualquiera, ya fuera en sueños o en la realidad. Era egoísta, porque no deseaba desprenderme de una brizna de luz que el cielo se había dignado a lanzar sobre mí, siempre sumergida en la penumbra. Era egoísta, porque su amistad me había colmado de obsequios que se movían más allá de lo físico. Era egoísta, porque de todos los “amigos” que tuve a lo largo de los años, nadie me había hecho cuestionarme mi vida sin esa persona en ella. Y además, era egoísta… y ella lo sabía, lo aceptaba y lo respetaba.

Ambas éramos dos caras de una misma moneda: juntas y opuestas entre sí. Si ella era cara, yo era cruz; si de las dos ella era la luz, yo era la oscuridad; si ella es Scarlet, yo soy Sapphire; si ella poseía cierto toque infantil e inocente, yo era la astuta, culpable y con apariencia de delincuente.

Deseaba pensar que siempre sería así: solas, ella y yo, acompañadas de nuestras locuras y carcajadas a pleno pulmón. No obstante, era consciente de que la vida continuaba, que las cosas cambiaban y que, de seguro, Lady Abandono y Lady Soledad volverían a mí en algún momento u otro…, ya fuera de forma definitiva o circunstancial.

Pero, ya vencida por el cansancio de un estúpido llanto sin sentido y silenciado contra la almohada, llegué a la conclusión de que ese miedo tenía que acabar. Hasta que esa realidad llegara, disfrutaría del momento porque yo, aún, no estaba sola y, si lo pensaba fríamente, mi preocupación estaba basada en el sinuoso fantasma sin rostro que apareció en sus sueños. Así que, cuando dicha posibilidad se mostrara ante las puertas de mi corazón, entonces… y solo entonces, me preocuparía de ello.


La catástrofe que tanto te preocupa, a menudo, 
resulta ser menos horrible en la realidad, 
de lo que fue en tu imaginación. 
[Wayne W. Dyer], escritor estadounidense.

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