Yo Confieso...#7

Yo Confieso…, que detesto prestar cosas.



Sí, así es, y no es un misterio.

Me considero una persona bastante enrollada en el sentido de dejar a amigas muchas de mis cosas y, de hecho, a lo largo de mi vida he dejado videojuegos, comics y libros a personas que más o menos las tenía vigiladas y a las que podía decirles: “Ey, ¿cómo te va con el libro?”, “¿Te falta mucho para terminar con el videojuego?”, ¿No va siendo ya hora de que me devuelvas ese comic?”  

Obviamente, dejo un tiempo prudencial: para un libro, ¿qué se yo? Quizás dos o tres meses máximo ya que, aunque alguien esté trabajando, estudiando, de viaje… etc., siempre se tiene tiempo para leer: por la noche, tras reposar la comida, en el bus...; para un videojuego, y dependiendo de la persona también, un máximo de dos meses y eso si la persona es bastante inexperta, a lo que me prestaría gustosa a ayudarle, porque si de mí dependiera mi vida la pasaría jugando a videojuegos si no fuera porque no pagan; y por último, para un comic, máximo dos semanas.


Dentro de estos plazos que me autoimpongo para no terminar perdiendo mis cosas, porque si dejo que pase más tiempo se me terminan olvidando no qué es lo que presté, sino a quién, luego tocaría ir preguntando a todo el mundo lo que se resumiría en una vergüenza por mi parte.

¿Qué por qué menciono esto? Muy sencillo. Porque con un amigo te puedes permitir el lujo de incidir sobre el asunto, que enseguida se sentirán alarmados y te querrán devolver eso que le dejaste, tan solo para guardar las formas y disculparse por la tardanza, porque saben que si les llamas la atención es por algo, ¿no?; sin embargo las cosas cambian cuando es alguien de tu familia al que le has prestado eso, y tal es mi caso.


Hace dos años y medio, cuando terminé mis estudios, me invadió la fiebre de Cornelia Funke, autora aclamada de la trilogía de Corazón de Tinta, y fue tal la ola que me dio que me compré el primer libro y me lo terminé en un día para, al siguiente, comprar el segundo y disfrutar de él más largamente. ¿Qué pasó? Que un familiar se enteró de que lo tenía y empezó a leérselo, lo cual me agradó, porque así tenía a alguien con quien comentarlo. Pasando por alto el que lo abría demasiado y que corría el riesgo de que pudiera deshojarlo cuando yo tengo mis libros como si fueran pequeñas joyas de papel, contuve mi lengua y le presté el segundo, justo cuando me fui a comprar el tercero y así tenía la colección entera. ¿Qué ocurrió luego? Aparte de que manchó de tinta verde el lomo del segundo, esa persona se mudó, y que como no pude leerme el tercero por los exámenes finales, se me adelantó a leerlo y se lo llevó, con mi consentimiento, claro está, pensando en que lo tendría pasado un mes o dos.

No obstante, desde ese tiempo todas las veces que he podido ver a esa persona, y que no han sido pocas, he incidido y preguntado por la novela, sin éxito de recuperarla. Tras esos dos años, que el resto de mi familia tiñe como exageración o años fantasmas al desmentir el tiempo transcurrido, (ya que según parece la única despistada soy yo, a pesar del orden minucioso y que roza el trastorno obsesivo compulsivo), me decidí a dejar caer una incisión no del todo delicada, a la espera de cierta reacción: esa tan esperada de despiste con la consecuente disculpa.
 

“¿Y mi libro?

Porque supuse, que tras dos años, ya se lo habría podido leer como unas… seis veces, mientras que yo tenía sin terminar esa magnífica saga. Pero, en lugar de tener esa reacción, y bajo las palabras que se llevó el viento de “mañana, sin falta, te lo traigo”, al día siguiente se pasó y, como esperaba muy en el fondo de mi alma, no lo trajo consigo y, para colmo, no se lo había terminado: la guinda del pastel.

En un blog que sigo, hacía poco leí una opinión de la autora del mismo acerca de los préstamos, y justo en ese mismo instante me acordé de lo que escribió. Así que, me lo tomé bien, dentro de lo que cabía esperarse de alguien, amante de los libros, que había estado aguardando para cerrar esa saga durante dos años, 730 días aproximadamente, y me dije: 

“Bueno, lo mismo gano uno de los sorteos y certámenes y puedo permitirme el comprarme uno y olvidarme de ese, ya con la saga cerrada.

El colmo de la paciencia, fue que hablando con una amiga surgió el tema de los préstamos, y suavizamos bastante la cosa hasta llegar a hacer una broma. Comenté en facebook una miniguía de cómo perder uno de tus libros, con cierto humor al añadir una imagen de Barney Stinson en una “True Story”, la mar de inofensiva y que buscaba la comicidad de mi situación.
 
¿Qué pasó? Que la persona se dio por aludida y comentó que lo tendría muy pronto y que dejara de decir sandeces, aún cuando yo no había dicho (ni he dicho en esta misma entrada) su nombre, identidad real, ni siquiera si era hombre o mujer. Sin embargo, lejos de restarme culpas, (porque sé que si no bromeado con ello, no se me habría caído este follón familiar encima) las admito; pero ¿culparme de delatar? ¡Ni de coña! Mediante un mensaje privado, se puede uno poner en contacto para decir lo que sea, en lugar de ponerlo en una entrada donde lo lee todo el mundo. Pero, ¿fue así? ¡Que va! Y luego soy yo la experta en escenitas y en parecer una mártir...

No obstante, ¿no es acaso internet, a estas alturas, un derecho del ser humano y que si a alguien se le priva del mismo, está yendo en contra de los mismos? ¿Dónde quedó eso de la libertad de expresión, en cualquier medio de comunicación, siempre y cuando proteja al individuo del que hablo? ¿Acaso tengo que medir cada broma que hago, y por las que me desfogo, porque es muy probable que le puedan sentar mal a alguien en concreto? De ser así, ¿por qué no quedarse callada y comerte toda esa frustración? Pues, muy sencillo: porque, tarde o temprano, todo eso que te callas termina explotando y eso es lo que me ha pasado a mí. Demasiada hipocresía, como para seguir las reglas del juego.

Pero me estoy alejando del hilo principal de este tema. ¿Conclusión? Que si prestas algo a alguien de tu familia, nunca le dejes más tiempo del estipulado. ¿Por qué? Porque la confianza da asco, en todos los sentidos, y la gente cuando tienes confianza con ellos, acostumbran a relajarse: a tomar el brazo, en lugar de la mano y pasar por alto un tono agravado de voz tomándoselo a broma cuando, en realidad, estás hablando en serio. Aún siendo consciente de que las cosas hubieran sido de otro modo, de tratarse de diferente manera, pondría la mano en el fuego de que una situación así de delicada no se hubiera dado con un amigo o un conocido.

Pero esto no termina aquí: ojalá. Lo peor de todo es que le dan la vuelta de tal manera al asunto, que aunque argumentes, presentes pruebas, o procures dialogar sin irritarte, el resto te verá como esa persona quiera que te vean, porque saben cómo manipular a los demás y éstos te tratarán con ese mismo mazo, dándoles la razón; aunque ni siquiera se hayan preocupado en saber tu versión de los hechos. Insultándote con su actitud o disposición en caliente, me han tildado de mala sangre cuando durante muchísimo tiempo, he venido tirando del sedal para recuperar un mísero libro en cada encuentro que he tenido. Un libro que, encima, es mío y se lo dejé a esa persona de muy buena fe: un libro para el que estuve ahorrando siete jodidos meses en un trabajo denigrante y de mierda, donde las cucarachas se paseaban por encima de la barra, y del que no he podido disfrutar aún.

Lo mismo no debí haber publicado esa broma, lo mismo ni siquiera debía tener a nadie de la familia en facebook, o lo mismo debí de haber tragado e impulsado toda esa frustración hacia la boca de mi estómago para seguir sin romper el jodido molde que esta sociedad espera de mí; pero la cuestión es que el “daño” está hecho y que como en esta vida arrepentirse no sirve para nada, me he decidido a ser aún más hermética y tan egoísta como los demás me han tildado hoy. ¿Qué, cómo?  Afirmar que no volveré a prestar nada a nadie que no valore, del mismo modo que yo, lo que le confío en un periodo determinado de tiempo. 

 Simple y sencillo; aunque duro y bastante triste porque, 
aunque pocos lo crean, detrás de todo este cinismo, 
hay unos férreos valores en torno a la familia.

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