El Fruto de la Crueldad

(¯`•.«Eso Vale más que Tú».•´¯)


Desde siempre se sintió como pez fuera del agua: asfixiada, agotando la poca respiración que poseía, y muriendo lejos del único entorno que le brindaba ese hálito de oxígeno necesario para seguir en su empeño de sobrevivir.

Ellos crearon con sus mentiras, gritos, sermones, comparaciones y bofetadas justificadas en la rectitud de un alma perdida, una entidad diferente de la que recordaban de antaño, cuando tan solo era una niña. Por ello, tras lo que había ocurrido, tanto por los efectos internos como los que recibía del propio exterior se forzó a cambiar, a protegerse a sí misma, a dejarse influenciar por todo aquello que caía con dureza sobre sus delgados hombros. Mutando para todo aquel que se consideraba cercano a ella, el cambio fue mayúsculo y, apática, decidió evitar el máximo contacto con los que fueron detonantes de su decisión. 
Un día, presta a la rutina, un nuevo enfado cayó cual tormenta de mayo sobre ella. ¿Su error? Pudo haber sido la torpeza que la caracterizaba, o quizás el descuido de un mal soporte; pero el desenlace fue el mismo. Dio igual sus explicaciones, sus excusas, su pragmatismo… o el intento de enmendar su equivocación: el enfado empañó aquella escena, mientras las amargas y detractoras palabras se clavaban, cuales dagas, en su maltrecho cuerpo. 

“Eso Vale más que Tú”

Fijó su mirar en el objeto hecho pedazos, fruto del descuido, y negó una y otra vez. ¿Eso era…, más importante que su vida? No. Esa persona estaba molesta y la sangre le hervía, haciéndole decir semejantes barbaridades, puede que motivada por los recuerdos vinculados a aquella estatuilla. 

Sin embargo, el daño ya estaba hecho y cedió…, apenas importándole lo que aquello significaba. Una tras otra, sumó cinco… ¿o fueron seis? ¿Quizás siete? ¿O puede que ocho? Perdió la cuenta, a decir verdad. Tan solo, motivada por el anhelo de no haber nacido, de desear desaparecer, de buscar morir…, se abandonó en manos del destino, eclipsando su mirada. 

Exenta de toda esperanza, a las puertas del desmayo, recordó entonces esa promesa, aquella que la obligó a abrir y alzar la mirada al techo y que, seguramente, la impulsó a provocarse las nauseas mediante el índice y el corazón de la diestra.

La promesa de un futuro lejos de allí, junto a él, frenó su intento de autodestrucción. Bañado su rostro en lágrimas, el murmullo del teléfono al comunicar se asentaba en el pabellón de su oído… hasta que su voz respondió, tras una breve pausa.

- ¿Cariño?

Y por fin respiró aliviada.

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