Microrrelato

(¯`•.Entre prisas y cajones.•´¯)




Con aquel permiso bajo el brazo, el presentarse en la comisaría aquella mañana fue un juego de niños en comparación con el caos desatado en el cubículo de su oficina. Con la mesa repleta de papeles y formularios, un tablón con hilos rojos cruzados sobre un mapa con fotografías de sospechosos y varias docenas de cajas, apiladas bajo al escritorio, había conseguido hallar uno de los pocos cabos sueltos que le quedaban en torno al caso de narcotráfico que se traía entre manos. Sin embargo, la única pega que tenía al respecto era que el resto de archivos, que suponía faltaban para completar el rompecabezas, estaban en los sótanos de la comisaría de la ciudad: archivos custodiados por los perros guardianes del uniforme azul.  

Tras pasarse la tarde anterior recaudando suficientes razones para abordar por vez primera a su nuevo jefe, éste terminó accediendo tras una larga y tediosa reunión con la medio italiana, que no cejó en su empeño hasta que no tuvo en sus manos aquel permiso que la autorizaba a inspeccionar los datos recogidos de la ciudad en los últimos años, y que giraban en torno al tráfico de drogas. Por ello, satisfecha de haber conseguido un salvoconducto que insuflara algo de vida al tema de “el hielo”, se preparó la mañana del domingo para pasarse por la comisaría y enseñar el pertinente papel en recepción. Se sentía optimista, con ganas de rebuscar en cajas mohosas llenas de archivos y de meterse entre pecho y espalda cantidades industriales de café para no perder detalle alguno de lo impreso en los documentos; no obstante, esa mañana hubiera sido perfecta, redonda, ideal… sino la hubiera recibido la pretenciosa sonrisa del oficial MacCarthy en recepción, una vez entró en comisaría.

Le recordaba de un caso que el departamento del FBI le quitó al cuerpo de policía hacía algunos días; pero no lo recordaba por la típica mirada huraña que los del cuerpo lanzaban a los federales cada vez que ocurría algo del estilo, sino por el cómo la abordó para que salieran a tomar algunas copas juntos: algo poco profesional en el escenario de un crimen pasional pero que, igualmente, no fue impedimento para que aquel hombre de mediana edad y divorciado probara a lanzar su red en ella. Sintiéndose cual perca a punto de ser capturada, hizo como si no le conociera y armada con una coraza helada terminó de rellenar el papeleo para encaminarse a los sótanos y a la sala de archivos, encerrándose en ella…, como si esos muros, estanterías y cajas pudieran salvaguardarla de algo.

Centrándose en su trabajo y confiando en que la dejarían en paz, fue cajón por cajón y tomó buena nota de los casos y nombres más recurrentes que pudieran tener cierta relación con el  asunto que llevaba en la actualidad, tomándose algunos descansos para rellenar su taza de café con el que servían en el edificio: una verdadera bazofia que la hizo sentirse algo snob por estar acostumbrada a cafés como el irlandés, el vienés o un simple, pero bien espumoso capuchino. Tras una visita al comisario, pasado el mediodía, terminó con dos de los pasillos de la sala de archivos que tenía previstos, para realizar un par de fotocopias y revisarlas en casa.

Justo cuando iba a rellenar su taza, se descubrió siendo observada de mala manera por los oficiales, quizás por el hecho de abusar de su café o por el simple motivo de estar allí. Aquello la obligó a rehusar de las “comodidades extras” de estar allí, y terminó decidiéndose por realizar un par de llamadas a una de las cafeterías de la ciudad y que disponían de entrega a domicilio. De aquel modo, cada dos horas y de manera muy puntual, diversos mensajeros se iban pasando por recepción para dejar constancia del pedido de la italiana, quedando ésta en el hall para recibirlo y así no ocupar el valiosísimo tiempo de los oficiales en hacerles llegar el recado, considerando que aquel no era su trabajo y que, tanto FBI como policía, estaban juntos para una misma causa.

Cayendo la noche y escuchando la lluvia veraniega en el exterior, en el último paseo para recoger su café, a las diez, se encontró con una pequeña sorpresa en su paquete. Descubriendo algunos bollos, una radio y una nota de la dueña del establecimiento, ésta la animaba a tomarse un descanso disfrutando de algo de música y, por supuesto, de sus endulzados aperitivos, lo que terminó provocando el que esbozara una leve sonrisa. Sin embargo, y no rehusando de su consejo, descansó la vista durante algunos minutos y sintonizó una emisora donde pudo disfrutar de éxitos musicales clásicos, de entre los veinte y los setenta. No obstante, al poco, terminó con su café, dejó algunos bollos y se puso de nuevo manos a la obra tras enjugarse los ojos con los dedos de la izquierda.


 

Y así, devolviendo cajas a sus respectivos lugares, con innumerables hojas de cuaderno rellenas de nombres, fechas e información, continuó su labor haciendo correr las manecillas de su reloj. Pero entonces, con la radio de fondo y resonando en los desérticos y nocturnos pasillos de la comisaría, una melancólica canción de Judy Garland la mantuvo estática sobre aquellas escaleras de mano que le facilitaron el llegar a las cajas de las estanterías más altas. Deteniendo así toda actividad y ensimismándola, quizás por la voz o por la propia letra de la canción, perdió la noción del tiempo, justo cuando iba a recibir el que sería su último café. Pero para ella, en los recuerdos que surgían a raíz de esa canción, ya no importaba café alguno: solo sonreía ante la evocación de memorias al volver a ver a sus padres bailar, en el antiguo salón familiar de la finca en Boston, cuando ella se desveló en mitad de la noche siendo niña y los espió desde el hueco de las escaleras.

Pese a todo, la repetición de la alarma de su móvil terminó por despertarla de aquel nostálgico recuerdo, desestabilizándola además para hacerla caer de las escaleras y llevarse algunas cajas consigo. Saliendo de entre ellas, dolorida aunque rauda, restauró sus ideas y pensó que aquel caos lo reorganizaría una vez recogiera su café. Una vez de pie, se precipitó hacia el móvil, apagó la alarma y cruzó las puertas de la sala para ascender las escaleras. Sin embargo, las volvió a bajar al dejarse la cartera con que pagar al repartidor en su bandolera y, de nuevo, con las prisas, reinició su marcha perdiendo una de sus deportivas en el proceso. Sin duda aquello la había sobrepasado y se notó en su proceder que, a toda costa, estaba intentando reparar; pero sin uno de sus calzados, terminó por deshacerse del otro y correr en calcetines por los pasillos semiapagados de la comisaría. Por suerte, contaba con el hecho de que apenas uno o dos pares de oficiales se hubieran quedado de servicio y que se encontraran lo suficientemente adormilados como para no prestar atención al hecho de que ella estuviera descalza: algo poco habitual, pero que podía pasar desapercibido si actuaba con normalidad.

Cuando cruzó la siguiente esquina, ya vio al repartidor a las puertas, puntual como un reloj.


|| Tercer microrrelato que realizo en mi blog. 
 

Pertenece a un compendio de relatos sin responder de una serie de foros en los que estuve registrada recientemente. 
 
En este me centro en ampliar el marco de descripción, tanto de acciones como de recrear en pocos términos el entorno donde se encuentra el personaje. Me queda mucho por aprender; pero siempre estoy dispuesta a ello.||

2 comentarios:

  1. Impresionante. Se nota que llevas escribiendo bastante tiempo y en caso de equivocarme te felicito porque lo llevas en la sangre. Yo también soy escritor. Me uno a ti porque no quiero perderme ninguna de tus entradas, quiero ayudarte en todo lo que pueda y te aseguro que vas a tener mis comentarios siempre que pueda. Te animo a que sigas adelante.

    Saludos! +1 y nos leemos ;)

    Si te interesa, yo estoy escribiendo una novela de misterio y la estoy publicando en mi página blog, yo te la dejo por aquí por si tienes tiempo, me gustaria saber tu opinión. Se llama: Nogradamiun: La maldición de las piedras.

    http://elhogardemishistorias.blogspot.com.es/

    Gracias!

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    Respuestas
    1. Hi, hi, J.S!

      En primer lugar, muchísimas gracias por comentar esta entrada. Siempre es un placer saber de la opinión de terceros sea cual sea, pues sobre gustos no hay nada escrito y, si tengo que ser sincera, diría que me encanta leeros. Lo cierto es que adoro escribir y sí, llevo ya un tiempo con esto y mucho más que llevaré, te lo aseguro. :3

      A un mismo tiempo, le he echado un ojo a tu sitio web y puedes contar también con mi opinión... ¡faltaría más!

      ¡Un placer y espero volver a verte por mis dominios! ;)

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