Yo Confieso…#8


Yo Confieso…, que me hacen sentir como Cenicienta.

A estas alturas de mi vida (?) no sé de qué me sorprendo ni por qué me molesto; pero siento que si no lo expongo en algún u otro medio pueda llegar a enloquecer.

Desde niña me inculcaron la enseñanza tradicional de ayudar en casa: lo típico de limpia el mantel y quita la mesa. Recuerdo que esto empezó, más o menos, cuando tenía unos ocho años, o quizás con seis, justo cuando me soltaron la “charla del barco”. No sé si algunos sabrá acerca de esta historia; pero en resumidas cuentas la misma trata acerca de que la convivencia en una casa y vendría a ser como un viaje, con los miembros de la misma, en un barco. En el mismo, mientras unos se encargan del timón, otros se ocupan de limpiar letrinas, pasar revista a los grumetes, comprobar los víveres, el abastecimiento… etc. De este modo el barco continúa navegando por el río de la vida y manteniéndose a flote gracias al esfuerzo conjunto de toda la tripulación. Una historia que, obviamente, he adornado…: en mi familia no abunda demasiado el aspecto de engalanar los argumentos para que hagas las cosas sí o sí.
Por aquel entonces hacía las cosas de buena gana, buscando una sentida aprobación familiar…, solo para que me premiaran el haber echado unas cuantas horas ayudando con la típica palmadita en la espalda y un “¡Qué limpio está todo!”. Seamos sinceros, ¿a quién no le gusta que le regalen los oídos de tanto en tanto?

La cuestión es que, con los años, mi lista de tareas se fue alargando más y más, y en especial desde que mi hermana mayor se independizó, pasando las tareas que ella realizaba a mí, en consecuencia. De esta manera, en lugar de fregar los platos todos los días por la tarde, fregaba por la mañana, y una vez a la semana me encargaba también de la cocina. No obstante, las tareas que yo ya tenía de antes las seguía haciendo cada sábado y domingo: limpiar el polvo de los muebles, el baño del piso inferior, mantener recogida mi habitación, tender la ropa, doblarla si ya estaba seca, pasar el aspirador, limpiar el suelo y hacer de telefonista a tiempo completo para coger los muy diversos recados.

¿Para qué gastarse dinero en una señora de la limpieza, si tienes a alguien que te lo hace todo…, y encima sin poder rechistar?

No obstante, ahí no queda el asunto. Hace tres años, me añadieron algunas más, como limpiar el inmenso cuarto de baño del segundo piso, encargarme también del suelo del mismo y el acceso a las escaleras, incluyéndolas, obviamente. Y, como guinda del pastel, incluyeron cambiar el aceite de la freidora una vez al mes o incluso dos, cuando fríen pescado con harina en ella en lugar de en un sartén aparte.

Lo mismo algunos os pensáis que exagero; pero juro por la Saga Final Fantasy, con la que tanto disfruté en mi infancia, que no es así. Actualmente no estudio (por falta de plazas), ni trabajo (¡quién pudiera permitirse ese lujo ahora!), por lo que pensaréis: “Bueno, qué menos que ayudar en, ¿no? Tus padres te alimentan, te han vestido, pagan el agua y la electricidad que utilizas…”; pero no van por ahí los tiros. A unos padres no se les puede exigir nada, por todo lo mentado anteriormente, salvo que quieras desatar la tercera guerra mundial. El asunto es la respuesta que sucede a esta sencilla pregunta:
“¿Y no hay nadie más que pueda ayudarte en las tareas domésticas?”

Además de mi madre, que tiene sus propios asuntos y dolencias, incapacitándola para según qué puntuales laborales, hay dos personas más. Mi padre y mi hermano. El primero, trabaja… y el segundo “estudia”, o al menos hacer ver a los demás que así es. 
“¡Un hermano! ¡Novedad! ¡Os repartís el trabajo y ya está: solucionado”

No, no: nada es tan sencillo como parece, y menos, cuando se trata de un hermano, sí; pero un hermano MENOR…, palabra que lo posiciona como el favorito de un padre solo por el hecho de tener un bulto ahí abajo. ¿Que qué hace él? Limpiar” su habitación, tirar bolsas de basura, (cuando las hay y cuando se acuerda de ello… o cuando se lo recuerdan), y fregar por las tardes, a eso de las siete o las ocho..., quedando la cocina peor que Pearl Harbor hasta esa hora.  And that’s all!

Consentido y mimado, le pasan bastante la mano por encima en aspectos que a mí o a mi hermana misma no dudaban en hacernos sufrir las siete plagas: es lo que se consigue por el ser el crío y encima, ser chico. Y mientras yo, cada sábado, limpio a fondo la casa, él se va de rositas o se queda jugando ante el ordenador.
“Pero, háblalo con tus padres, ¿no?”

¿En serio creéis que iban a intentar cambiar lo estipulado? ¿Que iban a ponerle a él a hacer las cosas mal y a la fuerza, cuando yo las hago como deben hacerse, aunque de manera obligada? Todo cambio en la estructura jerárquica de las tareas domésticas es un caos y por ello rechazan toda sugerencia o queja…, por lo que, de este modo, canta el ruiseñor.


Y tal y como ocurre al final de esta secuencia, donde Cenicienta se termina cansando y cogiendo la escoba para atizar al gato, en el papel que tengo en mi vida hasta ahora puedo decir que mi pozo de paciencia se está secando. Poseyendo además este lugar, mi rincón personal, donde desfogo parte de mis ansias asesinas hasta transformarlas en creativos relatos e impresiones personales, tengo la sensación de que este tira y afloja se vuelve cada vez más delicado. 

No obstante me consuelo pensando que, a pesar de desaparecer y suplantar esas palmaditas en la espalda por quejas y muchas más tareas camufladas de peticiones, una vez me marche de aquí, llegado el momento, no tenga que verme forzada a realizar nada de lo citado arriba. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que como todos contribuiremos a ensuciar, todos los que vivieramos juntos nos deberíamos ensuciar las manos para limpiar. Pero no esperar cuarenta horas para hacerlo, no: si se ensucia algo, al momento se coger lo que sea y se limpia… ¿por qué? Para que el que venga detrás lo vea tal y como debía estar.

Esa es mi política y mi manera de pensar; pero, quizás esté equivocada…, quizás todo esté injustificado y sea fruto de mi molestia, que también. Sin embargo, ¿qué opináis vosotros al respecto? ¿Veis natural que, solo porque no esté trabajo o estudiando, una persona sola tenga que cargar con todas las tareas domésticas…, a pesar de haber otras opciones más equitativas?

4 comentarios:

  1. ¡Sigue así que lo estas haciendo muy bien!

    Saludos! +1 y nos leemos ;)

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    1. Thanks, J.S!

      La verdad es que le estoy cogiendo con fuerzas al blog, últimamente. Entre el cambio de look otoñal, el mapa de imagen de las redes sociales y las entradas, me va gustando la evolución que lleva.

      ¡Gracias por comentar! See ya!

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  2. Pues yo piendo como tú. Que sí, que habrá que ayudar, pero de la forma en la que lo imponen más que para eso es para someterte. Siempre he pensado que eso de que las mujeres limpien es una forma de "machismo doméstico" y por ahí se empieza con lo demás. Y no digas a tu padre y a tu hermano que te ayuden, que "eso lo hacen las mujeres". A mí me hervía la sangre.

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    1. Hi, hi! ¡Bienvenida!

      Supongo que serán nuestras generaciones quienes deban cambiar esa forma de pensar, poniéndolo en práctica. La idea de que los hombres no cooperen en las labores domésticas, tan solo por el hecho de que sean hombres, está muy desfasada y para nada llega a ser una excusa de peso; pero a día de hoy sigue siendo una de las más recurrentes en muchos hogares.

      Ciertamente, no cuesta nada arrimar un poquito el hombro; pero creo que difundiendo esta manera de pensar llegaremos a alguna parte, con el tiempo.

      ¡Gracias por dejar tu granito de arena! ;)

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