Inspírate en Rojo


La profunda e indiferente expresión de la mujer me indicó que el juego de identidades había acabado allí mismo, donde ni oídos ni ojos indiscretos podían juzgarnos, y que la transacción no se llevaría a cabo tal y como yo esperé. Me habían vendido, y fue quedar encañonado bajo su pistola cuando comprendí encontrarme a merced de la muerte. De hecho, casi sentí las frías manos de la misma deleitarse con mi cuerpo, aún antes de que el delicado índice de la dama presionara el gatillo, para hacer resonar el certero disparo y llevarme a los brazos de mi amante oscura, más allá del balcón.

Aquella que me había dejado en tal situación, aquella a la que una vez llamé compañera, tan solo me obsequió con una incógnita, una vez reclamó el maletín y me vi obligado a que éste se deslizara hasta quedar a sus pies:

- ¿Dime por qué no debería disparar, Edwin, tras todo lo que ha ocurrido?

A decir verdad, no encontré respuesta…, y dudaba de que realmente me hubiera detenido a buscarla, ante mi falta de paciencia. Tan solo perdí mi mirada en el carmesí de su engalanado vestido, surcando los pliegues del mismo para recordar el sabor, tacto y olor de la piel que tan pulcramente cubría, y que tanto me había hecho sentir. Incluso más allá de lo físico, los meses a su lado fueron como estar viviendo un sueño en mitad de una agónica pesadilla. Sin embargo, ésta última era el único rastro verídico de mi auténtico yo, de la verdadera vida que tuve que llevar para sobrevivir a los horrores de esta ciudad: una vida que, después de todo, nadie recordaría o tendría como fiable, más allá de lo redactado en los informes policiales.

Ahora, como un viejo lobo que había corrido por demasiadas llanuras y se había ganado numerosas heridas, que me encontraba contra las cuerdas, todo dejaba de tener sentido y por eso no busqué la salida; no obstante, el consecuente final que nacía de esa premisa no me desagradaba en lo más mínimo.
- Estás preciosa. – Mencioné en tono solemne, sin ese toque de picardía que solía esgrimir cuando de ella se trataba.

Con nuestro alejamiento, hacía unas semanas, ya no necesitaba servirme de todas esas artimañas y, mucho menos, de esa faceta que había estado interpretando para acercarme hasta ella. Esto, precisamente, me hizo dudar de mí mismo: ¿acaso lo que sentí era también parte de la mentira o me había dejado embaucar por el juego que, tan torpemente, había trazado en el inicio?

Mi adulación la presionó, pareciendo entorpecer el hilo de sus pensamientos y la lógica que se esperaba de su trabajo. Pero el temblor de la pistola tan solo duró escasos segundos antes de que reafirmara su posición y liberara el seguro del arma, tomándola con sendas manos para recrear una expresión que quedaba presa del enfado, así como de la severidad y el estoicismo de sus rasgos germánicos.


- Se acabó, Edwin. – Declaró, con cierto dolor impreso en su voz, al tiempo que en las calles se escuchaba el eco de las sirenas y el derrapar de los coches, que perturbaba la aparente tranquilidad de la ciudad. – Quedas detenido por el asesinato de James Reed, por la suplantación de identidad de Ian Hudson y por la manipulación indebida de la información codific…
- Basta… - La interrumpí, frunciendo el ceño para girar la cabeza y contemplar, en el reflejo de los rascacielos, los haces rojos y azules de la policía.

La panorámica que captaba por el rabillo del ojo me devolvió a un momento clave, un momento que me hizo desear el que nada de aquello se hubiera llevado a cabo porque, ¿qué había de malo en desear o soñar con una vida convencional, tras haber vivido un verdadero infierno en una mafia neoyorquina? Con mis raíces arrancadas, y mis alas a punto de correr el mismo destino, hice amago de llevar mi diestra al interior de la chaqueta con lentitud.
- ¡Ni se te ocurra, Edwin! – Amenazó, alzando la voz y avanzando un paso, sin dejar de apuntarme.
Pero yo continué acercando la mano al lugar, preguntándome si  lo haría, si sería capaz de disparar al que casi se convirtió en el motivo que daba sentido a su vida…, aún yendo en contra del reglamento del que ahora se valía para detenerme. Alzando las cejas, sutilmente, toqué con la punta de los dedos el objeto que buscaba y, no pudiendo evitar sonreír, alcé mi azulada mirada hacia ella, justo al tiempo que procedía a sacarlo del interior de la chaqueta. Sin embargo, movida por el nerviosismo, o puede que por la idea de verse encañonada por un arma, se adelantó y disparó la suya, liberando así la bala que fue a impactar contra mi cuello.

Trastabillando, tras chocar mi espalda con la balaustrada, me llevé la mano a la herida para irme a desplomar sobre el níveo suelo y sentir como la debilidad me asfixiaba. Al caer abierta la cajetilla que había alcanzado con mis dedos, desde el interior de la chaqueta, mis ojos recorrieron el cabello trenzado y dorado que se había mantenido guardado en ella, y que ahora se corrompía con el escarlata de mi sangre.
- ¿De verdad…, creías que…  sacaría un arma contra ti? – Logré inquirir cuando, horrorizada, comprendió el error de su acción para acercarse  y procurar detener la hemorragia.
- ¡Cállate! ¡Estoy intentando enmendarlo! – Espetó, atisbando el brillo de unas tímidas lágrimas en sus ojos.

Pero, en mi opinión, ella no tenía nada que corregir; aunque yo, que le había causado tantos problemas, sí que le debía una última cosa. Como firma final, en contra de su voluntad, tan solo reclamé de ella un último beso, al tiempo que me hacía con su pistola y dejaba mis huellas en ella, disparando al aire.

Dos tiros: el primero, un intento de ataque por mi parte, y el segundo, un trabajo bien hecho por la suya.

|| Después de crear tanta expectación por redes sociales, ya por fin lo tenéis expuesto aquí.  Este relato se ganó el 3º puesto en el Concurso organizado por Typewriter Notes, cuyo inicio se dio antes de los meses de verano.

Realmente me hizo mucha ilusión participar, y aunque pensé que no saldría ganadora me sorprendió y alegró el hecho de resultar finalista, tal y como dije en otra de mis entradas pasadas.

El acabado final que le di me complació mucho, hasta el punto de animarme a hacer un retoque de imágenes, por photoshop, para ilustrar el relato al más puro estilo Sin City. Y no solo eso, sino que a su vez me dieron ganas de realizar dos micro-relatos que detallaban los puntos de vista de ambos protagonistas: El “Preludio (0.1)”, narrado por Edwin, y el “Preludio (0.2)”, bajo la piel de la Germánica sin nombre. ||

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