La Voz

« Ella »


¿No os cansáis, acaso, de venir a visitarme? ¿O es que os sentáis a mi vera ansiando el conocimiento de lo que ni siquiera podéis entender? ¡Ah! Hay tanto que desconocéis, en verdad...: vivís en la ignorancia y pecáis de curiosos más, ¿quién soy yo acaso para juzgaros? Tan solo presumo de ser un humilde bardo que se sienta junto a una hoguera, contando historias a quien quiera a cambio de pocas monedas. Acomodaos por donde podáis, pues mi siguiente historia bien os dará lo que tanto buscáis.

La lluvia caía con fuerza, tal y como lo hacía en cualquier otro otoño, y aunque era su estación favorita, ya venía arrastrando una pesada carga consigo. Los gritos la convirtieron en pura amargura, en un cúmulo de ira reprimida, en una masa de locura contenida. Con cada inspiración que daba, más al fondo de su ser amontonaba todos esos sentimientos negativos, empujándolos hacia abajo con fuerza para retenerlos. Año tras año presionaba con el fin de que todo ello no rompiera el perfil ético de la sociedad en la que vivía; sin embargo, todo eso iba acumulándose gradualmente…, hasta el punto de que aquel día, lo almacenado a lo largo de esos años salió a la luz.

Mientras almorzaban en la mesa, y se llevaba a cabo una de las tantas discusiones acaloradas en torno al dinero, la política y la situación del país, ella cortaba su filete con los ojos entrecerrados en tanto que sus oídos se llenaban poco a poco del agravado y discordante sonido de las cuerdas vocales de los allí presentes. Tragó con pesadez, de la misma forma que siempre lo hacía cuando se daba aquel tipo de situaciones para buscar estabilizarse; pero algo no iba bien. Por ello volvió a hacerlo, ansiando impulsar toda esa maraña de oscuridad al fondo de su ser… y nuevamente nada resultó.

Jadeando con cierto nerviosismo, sus músculos se tensaron al sentirla a Ella posar sus manos en sus hombros, de manera conciliadora. Entonces, en un movimiento instintivo clavó el cuchillo que tenía en la izquierda en el cuello del hombre, dejándolo ahí. Al momento siguiente, y antes de que el grito de la mujer se alzara alarmado y doloroso, tomó el tenedor y la silenció, emulando el mismo movimiento sin miedo alguno.

La sangre brotaba y manchaba comida, cubiertos y cerámica por igual, y mucho más al coger el hombre el extremo del arma clavada en su cuello y sacársela, provocando que su pérdida fuera más rápida y elevada por momentos. Las lágrimas y lamentos de amargura eran poco más que susurros en aquel comedor donde la hija se mantenía ausente, con la mirada perdida y el rostro enmarcado por el oro carmesí de la vida; no obstante, reaccionó ante el amago de pregunta que escuchó de su padre.
- ¿Por… qué…?

De nuevo, Ella estaba ahí, tras de sí y con una respuesta que colocó en sus propios labios con tono cantarín:
- Se acabaron los gritos.

Perfilando una sonrisa de medio lado, volteó su atención hacia su progenitora tras haberse hecho con el cuchillo del primer y certero golpe, y una vez terminó y se hizo el más absoluto y escrupuloso silencio, amplió la sonrisa e inclinó la cabeza hacia atrás…, liberada.

Tras tantos años, se había dejado llevar por Ella: esa voz discordante que la ética y la moral eclipsaban con sus paradojas y sus correcciones sociales. No obstante, al margen de todo ello estaba yo: un invitado casual que lo presenció todo y que, dando a la joven las buenas tardes, se retiró educadamente para dejarla en su feliz tranquilidad.

Ahora que estoy aquí, relatando esta historia, me pregunto en ocasiones qué habrá sido de ella; pero, mucho más importante que eso, en ocasiones también me cuestiono de cuántos más de vosotros tendré que hablar en mis futuros historias al presenciar cómo os dejéis llevar por esa melosa entidad oscura, y que habita en vuestro interior, seduciéndoos con dulzura y con su sibilina voz.

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