Yo Confieso…#9

Yo Confieso…, que soy una gamer frustrada.


Bien es sabido que me gustan los videojuegos, ¿no? La sección de «¿Jugamos?», colaborar con «Tú lo juegas», mencionar en algunas entradas a youtubers dedicados a ellos de la talla de PewdiePie o Toniemcee… todo ello dice bastante, a mi parecer. Soy fanática de la tecnología, las consolas y los ordenadores, y es que desde niña presenté aptitudes e interés para todo lo relacionado con dichos aspectos. Con deciros que quería ser “guionista” de videojuegos, os lo digo todo. (Bendita inocencia la mía.)

Desde que la Nintendo NES entró en casa, a mis cuatro o cinco años, y me flipaba jugando a uno de los primeros Super Mario Bros mi interés por los videojuegos quedó a expensas de germinar en mi loca cabecita. Sin embargo, no fue hasta que la primera consola PlayStation llegó, en 1997, cuando mi verdadero fanatismo despertó: juegos de aventura, plataforma y puzle llenaron extensas horas de entretenimiento hasta que, a mis ocho años, descubrí los RPGs, role-playing game, que se caracterizaban por sus historias extensísimas y por sus combates por turnos.

Los videojuegos para mí era una válcula de escape, algo que mis mayores no entendían. Para ellos era perder el tiempo, y en un lugar de ver la televisión como ellos, siempre prefería saber cómo terminaba la historia de ese heroe que tenía que salvar al mundo.
 
La época dorada de los videojuegos se abría paso a partir de los noventa, y no solo en popularidad, sino también a un nivel económico brutal. La tecnología gráfica iba ligada a ellos y los avances en dicho campo continuaban gradualmente; pero yo, ajena a toda aquella información, continuaba divirtiéndome con los personajes favoritos que me ofrecía la primera consola de Sony.  En definitiva: vivía feliz en la más completa ignorancia.

Sin embargo, a medida que iba creciendo y la información de las buenas nuevas de Japón llegaba a mí, a través de diversas revistas, fui testigo del cambio paulatino de Generación. Para mi sorpresa, en las tiendas ya no estaban disponibles los videojuegos de PlayStation, sino que en su lugar los había de PlayStation 2. Los primeros habían caído en el olvido, ante el nuevo soporte tecnológico de la recién estrenada consola de Sony y yo, como toda adolescente con un mínimo de descaro, la pedí para continuar mi epopeya hacia la diversión. No obstante, con la bienvenida del Euro y ante la inflación de precios, una familia de clase trabajadora no podía permitirse un coste desorbitado por un medio de entretenimiento que, con mejor soporte gráfico, venía a ser lo mismo que el que ya teníamos en casa.

De ese modo, fue años después cuando lograron traer a casa dicha consola, en un amago por satisfacer el caprichoso sentido gamer de una quinceañera rebelde. Hasta que ese día llegó, me la pasé yendo a casa de varios amigos que sí la tenían, buscando el avance tecnológico y las historias que ellos tanto disfrutaban y yo no. Pese a ello, con un visible retraso generacional, frente al resto de mis compañeros, procuré aprovechar al máximo mi tiempo frente a la consola, bebiéndome cada videojuego y pasándomelo para, al terminarlo, ir con otro y otro y otro…, casi como si no hubiera un mañana. (Mode Melancholy off).

No obstante, los años continuaban pasando y el rumor de una nueva consola amenazaba con hacerme vivir lo mismo que en tiempo atrás hasta que, un buen día, dicho dilema se repitió una vez más: el mismo perro, aunque con diferente collar. Con el estreno de la PlayStation 3 y su desorbitado precio de salida, obviamente ningún miembro de la familia iba a detenerse en comprarlo solo para evitar el que yo me quedara pegada al escaparate, babeando y ansiando aquella joyita reluciente, elegante y oscura.
 
Sin posibilidad de trabajar para, al menos, conseguirla por mis propios medios y auto-regalármela, fue dejando pasar la idea  junto con toda una generación de videojuegos. Por otro lado, y ya haciéndome a la agria realidad, confirmé que lo mejor que podía hacer era reservarme para un buen ordenador decente. Ordenadores que, tecnológicamente, pudieran arrancar un buen juego, en vistas de que los que había tenido, tenía y hoy día tengo, no habían sido, ni por asomo, un buen soporte para este capricho tan peculiar…, y tan mal visto por mis mayores, dicho sea de paso. ¿O a vosotros, gamers, no os han soltado alguna que otra vez un derivado de: “Vas a agilipollarte de tanto andar con eso”?

Fuera de un modo u otro, recordando los tiempos con la primera PlayStation y con su precursora, mis años de experiencia gamers se ven reducidos a ese par de consolas, en tanto las de nueva generación continúan su inexorable camino evolutivo. Por ello es por lo que me considero lo que soy, una amante de los videojuegos, una gamer de experiencia media con una trayectoria frustrada.

¿Alguno de vosotros os encontráis en una situación parecida? ¿Os gustan los videojuegos pero, por motivos económicos, no podéis permitíroslos? ¿Cómo veis el panorama de las videoconsolas frente a los ordenadores? En mi caso no le hago ascos ni a uno ni a otro: ¡la cuestión esencial de ello es divertirse, tal y como dice el himno gamer!


Y llegando al final, ya sabéis: ¡si tenéis opinión al respecto me encantará leeros!

¡Hasta el próximo «Yo Confieso»!

PD: Sí, me considero más gamer de PlayStation y PC, que no de Nintendo o Xbox, sorry.

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