Recuerdos pasados por Agua


Nunca he sabido cómo empezar algo, ¿sabes, Âmon? De hecho, en muy pocas ocasiones recuerdo el principio de un suceso, siempre entremezclándolo con datos y sugestiones que bien pudieron o no ser verdad. Supongo que al ser una mujer abocada a la emotividad, que prácticamente se ahoga en ella a cada instante, inconscientemente tiendo a dotar de cierto dramatismo clásico  a cada momento de mi vida. ¿Quizás para recordarlo con mayor intensidad? ¿Por qué no puedo evitar verlo todo en vertical, en lugar de en horizontal? ¿O puede que por el simple hecho de romper mi propio molde una y otra vez, por una constante evolución?


Pero tú ya sabías que era así, ¿verdad, Âmon? Sabías perfectamente que mi cuerpo no podía con toda esta desbordante sensibilidad y que por ello necesitaba volcarla, efusivamente, sobre alguien…: alguien como tú.  Que fruto de ello percibía mejor las emociones que me rodeaban; que tendía a llorar y reír más de lo habitual… o que incluso llegaba a sentir con mayor intensidad ese amago de dolor y alivio en el corazón, al encogerse éste.

Es como si la comezón de mi vida no enturbiase las tranquilas aguas sobre las que tú me has sostenido, con esa firmeza que siempre te caracteriza. Desde que te conocí, hace seis años y nueve meses, siento como si viviera cada día bajo las centelleantes luces de un Broadway, escrito por y para mí porque, ¿no es acaso eso nuestro mundo? Ilusiones tras un telón onírico, siempre rebosante de magia y con una  banda sonora propia y acompañada  del sutil tintineo del agua.

“Nunca olvidarás ese día” acostumbras a decir cuando viajo a través del tiempo, mediante las palabras, hasta el verano del 2011; sin embargo, ¿cómo olvidarlo? ¿Cómo poder relegar al olvido aquella escena que, juntos, protagonizamos? Si tan solo pudieras haberlo visto con mis ojos; sentirlo con esta coctelera de rebosante romanticismo entonces, solo entonces, entenderías el por qué guardo con tanto mimo aquel retazo del pasado:

«El cómo por tu rostro el cabello caía húmedo para mezclarse con el mío, durante aquel improvisado beso bajo el tan oportuno aguacero. Cómo me mirabas con aquella mezcla entre el apremio de volver a casa, para refugiarnos del temporal, y el quedarte allí conmigo solo para prolongar aquel beso. El cómo yo, juguetona y asfixiada por la felicidad, me dejaba empapar divertida, sintiéndome niña y sabiéndome irresponsable y consentida por ti.»

No puedo evitarlo: soy así. Cuando las farolas iluminan la solitaria noche, contrastando a mis ojos la turbada llovizna que cae grácil sobre el frío asfalto, vuelve a mí el recuerdo de aquel verano. Y es que el demorar mis pasos y echar un vistazo más allá, me ha hecho darme cuenta del significado de este día. Un día que tú y yo tuvimos a bien celebrar ayer con más efusividad, y que el resto del mundo ha decidido imitar hoy, en su aletargado y febril sueño…

Por ello, déjame recordar porqué yo estoy aquí y tú allí; recuérdate aquella noche lluviosa, bajo la que nos abrazamos para darnos calor…, pero sobretodo, recuérdame que esta separación es tan solo circunstancial.

Siempre tuya:

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