Yo Confieso… #11

Yo Confieso…., que considero que la belleza está en la sencillez.



A principios de mes fui invitada a una boda, con todo lo que ello conlleva: elegir vestido, zapatos, bolso, abrigo… el típico problema para una mujer que no es dada a esta clase de eventos. Pero como no era correcto presentarse con unos vaqueros y una sudadera, obviamente quise cumplir…, no solo para evitar dar más que hablar en el rumoreo de la zona, sino también para permitirme ir acorde con el resto de invitados.

Por supuesto, no era una invitada estrella ni tampoco demasiado amiga de los novios: de hecho, al ser tan tímida me siento bastante incómoda en grandes grupos. Pero al ser la mejor amiga de la hermana de la novia, quien no solo es mi mejor amiga también sino que, a su vez, es mi “Hermana de Tinta” (concepto explicado en este post), tuve que estar a la altura de las expectativas  y eso me hizo estar más tensa y alerta de lo que siempre estoy.  Mi amiga, que se habría aburrido como una ostra sin mis locuras y mis charlas disparatadas, me instó desde el principio a que no me preocupase demasiado sobre tal fiesta...: «que piensen lo que quieran», decía, «Tú, tan solo, diviértete», y eso es lo que intenté.

Pero durante la preparación, me dejé hacer. Estaba resignada a llevar un vestido, pero lo del maquillaje me resultó excesivo. Soy una chica bastante normal y, como ya dije antes, muy tímida: joder, llevo un blog. Se nota que se me da mejor escribir que no hablar con gente desconocida, de manera abierta y fluida… ni qué decir eso de atraer miradas o ser el centro de atención y, obviamente, el objetivo del maquillaje era eso mismo. Al menos, a mi parecer lo es: esto no deja de ser una charla conmigo misma que, después de todo, pongo por escrito. Por ello, en tanto veía pasar ante mis ojos un lápiz de labios, delineador, sombra de ojos, rímel…, me preguntaba qué función tenía todo aquello y entonces, puede que fruto de esta rebeldía que suele arder en mi corazón, cuestioné el por qué me adornaban de aquella manera. Al fin y al cabo, no era una muñeca… y tampoco batallaba para serlo, a decir verdad.

Cuando por fin sus manos se retiraron de mi rostro pude verme reflejada en el espejo, pero no me gustó el resultado de aquella última hora. Allí no me veía a mí misma: aquella chica, ataviada con aquel vestido de fiesta, no era yo. Aunque el maquillaje resultaba bastante sencillo, casi nimio, acentuaba una expresión que me era del todo desconocida, tal si tuviera ante mí a una extraña. En la soledad de aquellos minutos, que tomé de observación, tuve a bien cuestionarme varios aspectos: ¿quién era esa chica? ¿Por qué tenía que enterrarme a mí bajo aquella apariencia de porcelana? ¿Por qué no podía, simplemente, ser yo misma?

“Es un evento importante…” - sugerían, “no puedes ir de cualquier manera”.

Y reprimí una mueca en tanto me calzaba esos incómodos zapatos de tacón, que de seguro me pasarían factura los próximos días: algo normal si contaba con que no estaba acostumbrada a llevar nada así. Y mientras bajaba por los escalones, con cuidado de no caer ante mi ya conocida torpeza, seguía escuchando el devenir de mi propia alma cuestionarse el por qué de aquello. En tanto iba caminando poco conforme a mi aspecto, la artista que lo había hecho posible defendía unos valores algo contrarios a los míos. Ella se excusaba en que el cambio era algo bueno, así como que no había nada de malo en maquillarse:

- Pero el maquillaje me hace parecer otra persona, y mucho más mayor: no me gusta.

“Es que no puedes pretender ser siempre una niña.”

Tal comentario trocó el gesto de mis labios y me hizo pensar con bastante frialdad. De hecho, el salir de mi propio cuerpo y ver aquel panorama desde fuera provocó el que me cuestionara la gravedad de la situación: algo bastante raro y que, según creo, pocos tenemos la capacidad de percibirlo. ¿En qué mundo estaba viviendo? ¿Por qué tenía que estropear mi cara, con productos químicos y pinturas, solo para ir acorde a las costumbres que se esperaban de mi edad? ¿Acaso el acentuar esta me hacía más mujer? Tonterías: una tontería como cualquier otra que se precie, en este mundo de hombres.

Entendedme. Si me veo y siento bien conmigo misma, tal y cual estoy al natural, ¿por qué he de mancillar esa imagen de sencillez? ¿Por qué he de tener la necesidad de verme guapa con algo externo y que, incluso, mi propio cuerpo rechaza? Las cremas, el champú, las lociones, colonias…, todo ello es necesario por cuestiones higiénicas y de carencias que puedan tener nuestras pieles: de hecho yo tengo una piel muy delicada, que se reseca con cualquier cosa y de ahí que necesite bastantes cremas pero, ¿qué aporta el maquillaje? Para mí tan solo constituye una máscara de mentiras que nos ponemos de cara a los demás para aparentar. En cierto modo, (así como entre otros muchos usos), vendemos nuestra imagen con el fin de hacerla atractiva a los ojos de los demás: un tópico trilladísimo de este, el mundo material que entre todos hemos construido.

Por supuesto respeto la opinión de quienes les agrada maquillarse, ya sea por unas razones u otras: de hecho, en Carnaval, Halloween y en otras fiestas de disfraces soy la primera en acceder a ello, pues la gracia de esos eventos es vestirse y actuar como otra persona. Sin embargo, en el día a día yo al menos puedo convivir con mis pecas, lunares y mis tantas otras imperfecciones, pues en ellas es donde radica la “belleza” que voy a tener el resto de mi vida, me guste o no. Hacer todo lo posible por eclipsarla, según estereotipos que el bombardeo constante de publicidad nos hace llegar, sería como engañarme a mí misma. Es más…, suficiente trabajo me ha costado llegar a aceptarme tal y como soy, con mis pros y mis contras, como para retroceder tal importante paso y ceder ante un calco de otra persona.

Sí, tú puedes maquillarte si te gusta. Sí, tú puedes verte mejor o sentirte más segura contigo misma. Y por supuesto que sí, tú puedes tener tus razones tanto para hacerlo como para no…; pero no entiendo a qué viene ese engaño, difundido cruelmente y aceptado tal cual, de decir: si no te maquillas, pareces una niña.” ¿Qué cojones…? ¿Es que esas pinturas van a hacerme más madura, sabía y lista? ¿Acaso una barra de labios, una sombra de ojos y un rímel darán siempre la cara por mí? ¿Es que ahora va a resultar  tabú el mostrarte tal y como eres realmente, sin aditivos?

Obviamente este “Yo Confieso” no es por el que tuviera que ir vestida y maquillada acorde con la boda, ni tampoco por las personas a las que les gusta pintarse (y les sienta endemoniadamente bien, dicho de paso), ni mucho menos por el hecho de que no vea bien unas pinceladas en mi propia cara para ciertos eventos. Este “Yo confieso” ha surgido de la irritación que sentí, y todavía siento, cada vez que alguien me suelta la perla de «si no te maquillas, eres un cría». ¿Por qué? Pues, básicamente, porque he visto a crías (verdaderas crías de nueve, diez u once años) pintadas como poco más que meretrices y puedo asegurar que eso no las hacía más maduras, ni experimentadas, ni tampoco..., ni mucho menos, más mujeres.

Llamadme tradicional, llamadme estrecha… e incluso llamadme vaga por no levantarme media hora antes para salir con un cuarto de maquillaje a la calle; pero la verdad está ahí, justo cuando me levanto. Al mirarme al espejo, esa es la cara que voy a ver el resto de mi vida, con o sin más años, y ese también será el rostro que los que realmente me aceptarán pese a todo. Es cierto que también puedo maquillarme y ocultárselo durante un tiempo; que los demás son conscientes de que mis ojos no tienen esas pestañas tan oscuras; o que incluso mi piel no es tan blanca ni tan morena…, pero, ¿qué queréis que os diga? Prefiero ser honesta con mi aspecto y mostrarme tal cual…

Sin embargo, y como todo en este blog, 
esta es tan solo mi humilde opinión.

¡Nos veremos en el próximo artículo!

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