Yo Confieso…, #13

Yo Confieso…, que hay mucha irresponsabilidad vecinal.

Este fin de semana me ha pasado algo que no he podido pasar por alto y de ahí viene esta entrada que, principalmente, auguro será bastante cortita. Al ser los «Yo Confieso» una especie de recopilación de experiencia personal y opinión, en lugar de guardármelo me he decidido a compartir este artículo con vosotros para que también podáis dar vuestro punto de vista.

Yendo al grano: ¿Tenéis mascotas? En entradas anteriores contesté esta misma cuestión y os presenté a mis dos reinitas, Sarah y Chrisy, y  es que de ellas va esta entrada. Pero no os equivoquéis. No voy a hablaros de cómo Sarah intentó cazar un pájaro la otra tarde, ni tampoco de cómo Chrisy mudó sus dientes de leche…, sino más bien a la negligencia de las personas ajenas al Hogar. Me explico:

Para muchas personas una mascota es un compañero, un amigo, e incluso un terapeuta que nos apoya y nos impulsa a superar un problema en un momento difícil. No obstante, como todo en esta vida, una mascota requiere de esfuerzo, de paciencia, y sobre todo de una cabeza pensante que la sepa educar correctamente. Ya sea para no sentirte solo, para tener alguien con quien correr todas las mañanas o por lo que genera en nuestras vidas, cuando una persona decide tener un animal de compañía tiende a considerar los pros y contras de lo que conlleva esa acción… o al menos, eso es lo que se espera. Cierto es que hay veces en las que el capricho te puede jugar una mala pasada (lo típico de “culo veo, culo quiero”); pero en la mayoría de casos, se tiende a pensar antes de actuar.
 
Pues dicho esto, y siendo totalmente franca con la situación, yo puedo afirmar que no soy (ni seré) la dueña más consecuente ni respetable del mundo…; pero al menos procuro que los animales que están a mi cargo no generen molestias en la comunidad en la que vivo. En pocas palabras, me aplico férreamente el dicho de “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, y pese a que he tenido mis más y mis menos, me ha ido bien…, al menos hasta este fin de semana.

Resulta que el viernes, y aprovechando que el día estaba apetecible, salí a pasear con mi perra por la tarde. Siendo aún una cría, en términos de calle, obviamente estaba asustada y alerta pues la hemos criado para que guarde nuestra casa y a nosotros mismos. Con este dato, sumado a que de por sí es una pastor alemán muy nerviosa, ya os podéis imaginar el resultado: todo lo que tuviera que ver con protegerme lo tiene grabado a fuego en el cerebro, así que le ladraba a todo aquel que le salía al encuentro. Perros, gatos, niños revoltosos y puñeteros cuyo único objetivo es tocar las narices…, en fin, lo típico.

Pasada una hora y media, cuando ya estuvo cansada de ver que no iba a llegar a ninguna parte con su actitud (y también por mis correcciones), se calmó y se limitó a pasear tranquila, junto a mí, sin que tuviera que tirar de la correa…, que era el objetivo principal de que me decidiera a sacarla de casa. Porque, ¿a quién no le gusta presumir de mascota? Obviamente educar a mi perra a que fuera más tolerante y que disfrutara de esos momentos conmigo no iba a ser fácil, ni tampoco pensaba en que fuera a resultar a la primera, ni a la segunda…, ni siquiera a la décima vez. No obstante, ahí es cuando me encontré con el problema externo.

Paseamos por una zona residencial, con patios y zonas ajardinadas, y me fijé en que una verja quedaba abierta. Ni siquiera pasamos por delante, sino a una calle de distancia, cuando un perro pequeño y sin correa salió de la casa con la verja abierta y se recorrió toda la acera para intentar llegar a nosotras: vamos, que venía buscando pelea. Obviamente Chrisy se puso como loca, tomando esa iniciativa como un ataque directo hacia mí, ergo empezó a tirar de la correa, a saltar, y a ladrarle. Yo la corregí, tiré de ella y continúanos el camino aprovechando que mi mejor amiga venía conmigo y pudo espantar al chucho.

Y ahora bien: ¿qué hubiera pasado si mi perra, una pastor alemán de mediano tamaño y que aún está por crecer más, hubiera llegado hasta ese perro? Una buena mordida, de seguro, hubiera caído en ambas partes pero no solo eso, sino que además de todo a mí también me hubiera caído una denuncia por parte del dueño. Las cosas funcionan así, ¿o es que nunca habéis oído hablar de casos del estilo? Es esa negligencia la que ha hecho que escriba este artículo, porque parece que hasta que no se efectúa el daño uno no es consciente de lo que puede llegar a pasar cuando dejas la puerta abierta y tu perro sale por ella.

La mirada asesina: un arma ineficaz, en según qué casos.
Pero ahí no queda todo: eso resultó solo la punta del iceberg, un simple ejemplo más en el mundo que demuestra la total falta de responsabilidad con respecto a las mascotas de cada cual.
Dos días después, en el mismo y movidito fin de semana,  el gato de los vecinos (un macho en edad de procrear), estaba en celo y al parecer no le bastaba con marcar nuestro porche con sus excreciones y destrozar las plantas, sino que también no tuvo otra cosa que hacer que coger a mi gata, morderla y empezar ahí, al “dale que te pego”. Obviamente, si eso hubiera pasado hace tres o cuatro años y hubiera tenido la intención de regalar gatitos, no me hubiera importado; pero Sarah ya tiene una edad: la edad de querer estar tranquila, de querer comer y de querer dormir 22 horas al día. ¿Qué quiero decir con esto? Por muy dramático que suene, mi gata fue “forzada”. ¿Cómo lo sé? Pues, básicamente, lo sé porque ella no tiene celo. Y ahí está de nuevo, el kit de la cuestión: irresponsabilidad animal.

Esa familia, en cuestión, ha tenido siempre gatos machos desde hace unos diez años por whatever they want…, y nunca se han preocupado por caparlos, lo que ha derivado en noches de estar escuchando los bufidos de celo, limpiar el pis que dejan en las entradas de la casa, y trasplantar a otras macetas las plantas que pisotean cuando están en esa etapa del año. Pues es ese total desentendimiento de solidarizarse con los vecinos, lo que hace que el mundo vecinal (valga la redundancia) apeste, porque no todos se aplican el “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”.
 
Esto, por supuesto, solo lo he extralimitado al asunto de las mascotas por la irónica coincidencia que ha tenido el destino conmigo este pasado fin de semana; pero es perfectamente aplicable a otros campos: música heavy metal / reggaetón demasiado alta, ropa que desaparece en azoteas comunitarias, felpudos  robados…,  ¿cuál es vuestro caso? ¿Habéis tenido algún encontronazo con algún vecino? ¿Habéis tomado medidas?

Yo solo sé que si vuelvo a ver a ese gato merodear por casa, el cubo de agua que le espera no será lo único que le caiga encima… ¬_¬

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