Looking for Freedom #4



Cada paso que avanzaba se hacía más insoportable. No por el hecho de sentir las uñas de mi futura esposa clavarse en la mano que sostenía la suya de manera elegante durante el trayecto al altar, sino por lo que me esperaría de ahí en adelante.

Era consciente de que Lady Lenea estaba disfrutando con ese dolor punzante y estaba seguro que en la noche de bodas ese mismo se multiplicaría, tanto para compensar el que estuviera controlándose como para no quebrar esa imagen de mujer recatada, adoradora de La Fortuna, frente a la multitud de invitados allí presente. Todas las mujeres de los Bellegard eran unas sádicas, unas martirizadoras, y no necesitaban emplear la fuerza para demostrarlo: sus ardides, impregnados en el perfume de la seducción, habían domesticado y sometido a los hombres que cayeron presa de sus encantos y ahora no eran más que títeres sin más voluntad que la de contentar a sus amas.


Por desgracia para mí, un potrillo desbocado y sin control alguno, había supuesto un objetivo a tener en cuenta para la larga lista de pretendientes. Pero lo que hizo ceder la balanza fue el hecho de que la morena en cuestión se encaprichó de mí en cuanto descubrió el romance que mantenía con su único hermano. Cada vez que recordaba el primer momento que la vi, al abandonar la habitación de Hole para deslizarme por las sombras hasta las caballerizas de los Bellegard, maldecía mi propia suerte. ¿Qué demonios hacía en los pasillos, a tan altas horas de la noche? No me lo esperaba y quizás fue mi rostro, enmarcado por la sorpresiva situación en la que me vi envuelto, lo que afianzó el deseo de esa depravada. 

Con ello, y mientras yo disfrutaba de la cálida compañía de Hole bajo las sedosas sábanas de un ardiente lecho, meses después Lady Lenea removió tierra y cielo para hacer que los Bellegard y los Faramond de Harifell se unieran mediante nuestro enlace matrimonial. Enlace al que la bruja de madre no se opuso, claro está. ¿Cuándo se le volvería a plantear una oportunidad así para librarse por fin de mí y, a un mismo tiempo, recibir una suntuosa fortuna compartida? Dos pájaros abatidos de una sola pedrada.

Sintiendo el peso de la esfera rojiza en el bolsillo de la casaca, mantuve mi mirada al frente, sobre el sacerdote, acumulando mi rabia para desatarla en el momento preciso. Si aquella bola de cristal era mi única salida, la utilizaría aún sin conocer las consecuencias que desatarían mis actos. Pero llegados a ese punto, tampoco me importaba demasiado. Y así el final se acercaba, debiendo culminarse con esas palabras que durante los muchos ensayos me obligaron a pronunciar, una y otra y otra vez.

- Yo, Varick Faramond de Harifell… - tomé la espada que se me tendió, manteniendo mi rostro sereno, neutro, para alzarla ante mis ojos y girarme a mi prometida. Juro solemnemente…

Llevé la mano libre al lateral de mi casaca, rezando para que aquello funcionara, e introduje la punta de los dedos en el bolsillo para hacerme con la esfera, al mismo tiempo que ofrecía una tenue sonrisa a mi compañera, quien quizás pudo verla un solo instante. Turbándose su expresión, que fue de la victoria al horror, cuando separó sus labios en pos de impedir mi acción continué, alzando la voz:
- … ¡ser único dueño de mí mismo!

Arrojando la esfera al suelo, descargué un corte hacia la misma para quebrarla, desatándose al instante una espesa nube rojiza que llenó toda la sala. Sin saber bien adónde iba, me escabullí entre empujones hasta que logré salir del templo espada en mano. Dejando atrás los gritos iracundos, temerosos y desconcertados de todos los de su interior, y casi pudiendo escuchar el alarido de molestia de madre, chasqueé la lengua y sonreí de soslayo. No había vuelta atrás.

Adentrándome en calles humildes, y dejando poco a poco el caos desatado del Barrio Marítimo, legué mis ornamentadas y pesadas ropas en la calle para quedarme con lo necesario. Al llegar hasta el Distrito del Muelle sabía lo que debía hacer: buscar al único hombre que podía ofrecerme un pase naval o comercial con el que salir de la ciudad…, el único hombre, de hecho, que al morir padre continuó ofreciéndome su maltrecha taberna como un lugar de respiro, una zona neutra donde poder descansar mis oídos de las insistencias y reclamaciones de la arpía que tenía como madre.


- ¡Coke! – Le llamé nada más entrar en el local, buscándole con la mirada al dirigir esta a la barra y, por fortuna, encontrarle tras ella. No había demasiada clientela. - ¿Sigues teniendo esos contactos tuyos en el puerto?
- Por las bragas de La Fortuna, muchacho, ¿son esas maneras de entrar aquí?... - Inquirió el hombre, de avanzada edad, dejando las tareas de limpieza para apoyar sendas manos en su oronda cintura. - ¿Te parece esa forma de pasearte por las calles? ¿Y tu ropa? ¿Acaso no tenías una boda...?
- ¡No tengo tiempo para responder tonterías! ¡Ya me estarán buscando! Si ella dispone de buenas luces no tardará en mandar a alguien hasta aquí, Coke. - Insistí, cerrando la puerta de un puntapié para correr y saltar por encima de la barra, llegando entonces hasta él para tomarle de los hombros. - ¡Necesito salir de la ciudad cuanto antes...!
- ¿Chico, no podías habérmelo dicho hace meses?
-  ¡Hole me ha dado una única oportunidad, y es Ahora!

Con cierto pesar, casi viendo la negativa en sus ojos, éstos no tardaron en deslizarse hacia sus parroquianos. Habiéndose hecho el silencio en el lugar desde mi precipitada llegada, el tiempo pareció quedar comprimido y la única muestra que tenía de que éste seguía corriendo era la respiración que notaba en el pecho del tabernero.

Finalmente, uno de sus feligreses se alzó de entre las mesas del fondo. Su figura, encapuchada, delgada y alta, se mantenía oculta en las sombras rodeada por un selecto y pintoresco grupo de variedad racial, de entre los que destacaban un alado de plumas oscuras y un pequeño reptiliano, de mirada vidriosa, ambarina e inteligente. La figura se movió con paso elástico, emergiendo hacia la luz que se filtraba por las ventanas al tiempo que los suyos se levantaban de sus asientos, con el clásico rechinar de los taburetes al ser arrastradas sus patas por el suelo.
- ¿Tal es la urgencia del reclamo…? – Preguntó el bípedo reptil, que cubierto con una modesta muda de escribano se deslizó junto al encapuchado para apoyarse en un báculo de madera: puro ornamento, en vistas de que la criatura podía andar con normalidad.
Chillona y ahogada, su voz pareció promover burlas y risillas disimulas entre los que no pertenecían a la agrupación; pero lo que sí  correspondían a ella dirigieron sus miradas a los focos ofensivos para silenciarlos, imponiéndose como respaldo de la educada criatura.
- Según libro de cuentas, necesitar nuevo mozo de camarote que poder ayudar a Peekins. – Continuó diciendo, alargando su escamosa diestra a los pliegues de la túnica del encapuchado para llamar su atención, antes de mirarme. - ¿Poder comprometerse? ¿Saber leer y escribir? Tarea de Peekins muy importante.  – De nuevo regresó la vista hacia la figura oculta que se mantenía a su lado, sin esperar una contestación por mi parte. – Peekins no poder contar con otros…

Parpadeando, liberé a Coke poco a poco para caer en la cuenta de lo que allí se estaba tramando: eran una tripulación, o al menos lo parecían, y la figura que captó mi atención debía tratarse de su líder. De no ser así, desconocía el por qué la criatura reptiliana le instaba a contemplar la viabilidad de su petición; aunque, más que eso pareció que le estuviera pidiendo permiso.

Entonces, sin previo aviso y haciendo enmudecer a su subordinado, se desprendió de la capa y me la arrojó, descubriéndose así una mujer de cabello azul oscuro y mirada penetrante, en verde agua.
- Ya le has oído. – Comenzó, decidida y áspera, con cierta frialdad inherente en sus bellos y delicados rasgos faciales. Debía ser de las tierras del norte. - ¿Aceptas?
- ¿Aceptar qué?
- Coke, tu chico no es muy listo.

Las risas disimuladas del grupo se apaciguaron en sentidos segundos, justo cuando el tabernero se mesaba la barba y comprimía una sonrisa melosa como respuesta a la peli-azul.
- Necesitan un marinero más para su nave, Varick. - me explicó, mesurado, dejando caer la información en un susurro por mi oído en tanto la mujer me mantenía la mirada. Casi me sentía congelado en el sitio. – Ya sabes que ser parte de una tripulación te ahorra el papeleo…
- Sí, pero ¿a cambio de qué…?
- ¿Qué importa eso...? ¿No querías salir de la ciudad cuanto antes, muchacho?




|| Hi, hi! Después de un tiempo sin actividad en el blog, ya he retomado esta historia. He decidido cortarla aquí, en vistas de que son unos personajes que van dentro de un proyecto, por lo que no puedo desvelar mucho más.

Os recuerdo que en la sección de "Historias Cortas" aparecen otros de mis futuros proyectos, tanto los que no están empezados como los que sí..., por lo que, ¿quién sabe si saco mi siguiente novela y son mencionados en ella a los que ya conocéis?


¡Espero que os vaya gustado! ||

2 comentarios:

  1. ¡Me encanta! La huida ha sido espectacular, pero lo que más me ha gustado han sido la misteriosa tripulación, y ese Peekins me ha encandilado a la primera. Espero saber más de todos ellos en el futuro.
    Gracias, este relato ha sido un oasis tras el infernal examen que he hecho.
    ¡Espero impaciente el capitulo final!

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    1. Hi, hi! ¡Sabía que te gustaría! Ya dentro de poco subiré el último y te podrás deleitar con él.

      ¡Muchas gracias por comentar y que te sea leve esta última carrera final!

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