The Call


Los de arriba estaban muy equivocados  si creían que me iba a tomar las cosas con calma. En aquellos momentos, toda templanza que me había caracterizado aquel primer año en la oficina se fue a la mierda en cuanto escuché su voz a través del auricular del teléfono. Su ruego en aquel susurro, el llanto contenido en la garganta, el tono burlón de quien estaba con ella y que tan bien supe identificar…: no iba a esperar una segunda llamada, ni tampoco una confirmación por parte de mis superiores.

- Triangula de dónde venía la señal y mantenme informada. – Ordené, tomando la gabardina para colármela y así salir al pasillo.
- ¿Qué cojones haces? – Hank me siguió de cerca, y pude ver como miraba por encima de su hombro para confirmar que nadie más notara nuestra ausencia. – Existe un reglamento, ¿sabes?
- ¡A la mierda con él! ¡Es mi hermana la que estaba allí! – Le espeté, encarándome a él para propinarle un empujón. Quédate, si tanto te importan las normas. Yo voy.
- ¿Adónde? No tienes ni un maldito rastro que seguir. – Ladeé la vista, molesta por sus palabras que no faltaban a la verdad. – Haz caso al jefe: ve a descansar y deja que nosotros nos encarguemos.
- ¿Cómo puedes pedirme que me vaya? Sabes perfectamente quien está con ella…
- Siempre has sido fría y metódica en esta clase de asuntos; pero te estás dejando llevar de manera que pones en riesgo no solo tu carrera, sino la operación y a Olivia también.

Mis labios temblaron y sacudí la cabeza antes de darle la espalda, pero viéndome arropada por sus brazos mi cuerpo se estremeció, y fue entonces cuando toda aquella fachada que había mantenido hasta ahora se desplomó sin apenas dificultad. Él siquiera hizo el amago de ver mi rostro surcado de lágrimas. Tan solo se limitó a mantener aquel abrazo con el ruido de las conversaciones, fotocopiadoras y teléfonos de fondo, lo que agradecí mudamente. Estaba al corriente de cuán orgullosa podía llegar a ser, y el que me permitiera marcharme con su voto de confianza aplacó mi desenfrenado empeño por salir y recorrerme la ciudad en busca de Liv. 

Antes de entrar al ascensor, sin dirigirle mirada alguna, mesuré mi respiración y hablé con voz firme:
- Manténgame informada, agente Harington.
- Así lo haré.

Y pulsé el botón de bajada para escuchar como las puertas se cerraban a mi espalda. En el descenso hacia el primer piso volví a respirar, pero la opresión en mi pecho me hizo apoyar la frente en la pared lateral para mirar mi reflejo en el espejo. Tan solo deseaba que ella estuviera bien.
            

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