Yo confieso… #16

Yo Confieso…,  que a veces me gustaría echar a cantar.

Así de simple. Ya sea en clase, en mitad de la calle o en casa, el deseo repentino de tomar aire y entonar alguna cancioncilla que ha venido a mi mente me embriaga por completo. De hecho, llego hasta el extremo de  tener que amarrar la lengua al paladar para evitar que los demás piensen el que me falte un tornillo. 

Sentirse feliz, querer celebrar algo…, todo tiene sus límites de cara a los demás pues, ¿a cuántos habéis visto cantar por la calle, simulando estar en un musical, sin recibir una mirada de extrañeza o cambiarse de acera? Pocos serían los que no pensaran en que algo no va bien en la cabeza de dicha persona…, y muchos menos quienes acompañasen al implicado en su cantilena.

© V-IMAgine-L
Palpitando en mi pecho, esa sensación primaria y anodina me lleva acompañando toda la vida, sin razón aparente. Cierto que soy de fácil encandilar con respecto a la música, y que cuando escucho algo que me agrada no es raro descubrirme tarareando o repitiendo el estribillo. Pero de ahí a hacer de mi día a día un espectáculo de Broadway continuo… quizás resulta un tanto excesivo, ¿no os parece?

No obstante dicha emoción va más allá, y es que el deseo de cantar se extrapola al de subir a un escenario y hacerlo mío. Estar sola, oculta de ojos curiosos, rodeada del silencio; inspirar con nerviosismo, separar los labios, pensar en esa balada; empezar con un “Ooh, oh” y seguir con un “yeaaah, yeah” a lo Christina Aguilera...  como si algo dentro de mí me impulsara a dejarlo salir, a soltar la correa de mis inhibiciones, a cantar con el corazón, a eclipsar la mirada y a perderme en mi fuero interno sin importar qué demonios piensen los demás.

Pero la cosa se complica cuando a esa mezcla le añadimos la contradicción que supone la timidez. En ocasiones, muchos me han pedido que cante ¿sabéis? Estar en mitad de una multitud y tú en medio, con todos esos ojos puestos sobre ti, en constante evaluación. Es diferente. Siempre me siento diferente. Como si el solo hecho de tener que contentar a todos, de cantar a grito de petición, me cohibiera y sepultara la voz con arena.

«¿Lo hará bien?», «¿lo hará mal?», «¿quién se ha creído que es?», «¿a eso lo llama cantar?», y tantas otras cuestiones, que me imagino cruzarán por sus mentes, son las que me provocan eso a lo que todos llaman miedo escénico. 

Realmente, en este tira y afloja son pocos los que han llegado a escucharme de verdad, pero puedo asegurar que loca o no ante la opinión de los demás, jamás cederé. Cantaré donde deseé cantar y callaré cuando me apetezca callar.   

¿Y a vosotros? ¿Os ha pasado algo así? ¿Alguna vez habéis tenido unas ganas repentinas de hacer algo y no os habéis atrevido?

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