Yo confieso… #17

Yo Confieso…, que nunca he sido una gran estudiante.

¡Y sí! ¡Es verdad! Cualquiera que me haya conocido personalmente lo sabrá de sobra y es que desde niña detestaba perder mi tiempo ante los libros de texto.

No sé si a vosotros también os ha pasado o si erais conscientes de que estudiar era algo necesario para ser alguien, pero a los niños que no sentíamos predilección por el estudio siempre éramos a los que más azuzaban para que se pusieron a ello de un modo u otro.
Para dicha tarea, normalmente, suelen ser los padres quienes suelten la clásica charla a modo motivacional: que si es por tu futuro, que si hasta para ser barrendero tienes que tener unos estudios básicos, que si pierdes el tiempo, que si nosotros no tuvimos las opciones que tenéis ahora… y un interminable y consecutivo bla, bla, bla que, obviamente, buscaba el que los hijos fueran más cultos de lo que fueron o serían ellos antes de morir.

En mi caso, mis padres no tuvieron la oportunidad de disfrutar de un sistema educativo “tan bueno” como el actual (entiéndase esto último como algo irónico), pero en comparación con el del régimen franquista hay que reconocer lo obvio. Sin embargo, cuando traía malas notas a casa ya podéis imaginaros la escena, (quizás porque alguno de vosotros también la ha vivido en algún momento, ya fuera más cerca o más lejos de vuestra propia persona).

Pero al margen de todo eso, y yendo al kit de la cuestión, yo nunca he sido una gran estudiante. Curiosa, tímida, prudente, callada y asocial…: el perfil perfecto para alcanzar una notas de infarto, ¿no? ¡Pues no!  Era la clásica alumna mediocre de «Suficientes», lo que se resume a un 5 más pelado que un skin en pleno verano barcelonés.
De unos años para atrás leía sobre todo, (obviamente todo lo que consideraba interesante y afín a mis hobbies), pudiéndome pasar días y semanas sin llegar a aburrirme acerca de ello. Sin embargo, cuando me colocaba frente a los libros del instituto: nada. Aburrimiento puro y duro. Vamos, que  iba de culo cuesta abajo, por decirlo más coloquialmente.

The Student Canteen by Caring201
Era un desastre y ni mis padres sabían lo que hacer conmigo, ni yo misma tampoco. Imaginaos a una cría con la cabeza llena de rizos y con esta mentalidad, a la que obligaban a estudiar un día y otro, cuando yo tan solo deseaba leer, salir a jugar y escribir: lo que suponía un fracaso asegurado, por supuesto.
No obstante, no todo se me daba mal: lenguaje, artes plásticas, música e inglés, estaban entre mis asignaturas favoritas y se me daban bastante bien; todo lo contrario que historia, geografía y matemáticas… ¡sobretodo matemáticas! ¡Odiaba esa asignatura! Aunque, bueno. Por odiar, odiaba estudiar, hacer deberes, trabajos o cualquier otra actividad relacionado con la actividad escolar, a decir verdad.

Sin embargo, con el paso de los años, y ya habiendo asentado la cabeza, fui dándome cuenta de muchas cosas: aspectos que, de haberlos sabido cuando era pequeña me hubieran servido para ser una buena estudiante. Porque el planificar, saber leer comprendiendo o usar memoria nemotécnica son también unos excelentes métodos de estudios que, por desgracia, no nos enseñan en los centros educativos y que, además, algunos los descubrimos cuando ya es muy tarde o cuando nos encontramos casi al final de la carrera para ganar a la liebre.
Este año, como algunos sabréis, he vuelto a los estudios tras tres años sin que me aceptaran en ningún sitio y… ¿Cuál ha sido mi sorpresa, durante este primer trimestre? Todo aprobado.

¿Os lo podéis creer? Durante toda mi vida han resaltado mis negativas dotes a la hora de sacarme unos estudios. Me han dicho que no sería nada en la vida; me gritaban que no podría; me increpaban por ser una inútil al no comprender lo que, para ellos, era obvio…, todo eso y más procedente de boca de profesores que, más que enseñar, se imponían como dictadores del siglo pasado. ¿Y ahora? Ahora tengo un boletín de notas en mis manos, con todo aprobado; pero no por los pelos…, sino aprobado sobradamente con una muy buena nota.

¿El secreto? Trabajar día a día, poseer ese afán de superación de uno mismo y, por supuesto, no decaer ante la adversidad.

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